domingo, 13 de mayo de 2012

Los hijos de Húrin - Tolkien

La conversación de Húrin y Morgoth

“…Así pues Húrin fue llevado ante Morgoth, porque éste sabía, por sus artes y sus espías, que Húrin tenía amistad con el rey, e intentó intimidarlo con su mirada. Pero aún no era posible intimidar a Húrin, que desafió a Morgoth. Morgoth lo hizo entonces encadenar y
le dio lento tormento. Al cabo de un tiempo, fue a donde él estaba y le ofreció la posibilidad de escoger entre ser libre de ir a donde quisiera o bien recibir poder y rango como el mayor de los capitanes de Morgoth, si se avenía a revelarle dónde tenía Turgon su fortaleza y todo lo que supiese sobre los designios del rey. Pero Húrin el Firme se mofó de él, diciendo:

-Eres ciego, Morgoth Bauglir, y ciego serás siempre, pues tan sólo ves la oscuridad. Desconoces las normas que rigen el corazón de los Hombres, y si las conocieras no sabrías acatarlas. Pero necio es quien acepta lo que Morgoth le ofrece. Primero te quedarías con el precio y luego faltarías a tu promesa; y si te dijera lo que pides, yo sólo obtendría la muerte.

Entonces Morgoth rió, y dijo:

-Quizá acabes pidiéndome la muerte como una merced.

Entonces llevó a Húrin a la Haudh-en-Nirnaeth, que por entonces estaba recién construida, y en ella se respiraba el hedor de la muerte; y Morgoth lo puso en lo más alto de la cima y le ordenó que mirara al oeste, hacia Hithlum, y que pensara en su esposa y en su hijo y en el resto de los suyos.

—Porque ahora moran en mi reino —dijo Morgoth—, y los tengo en mi poder.

—No los tienes —respondió Húrin—. Pero no llegarás a Turgon a través de ellos; porque ellos no conocen sus secretos.

Entonces la cólera dominó a Morgoth, y dijo:

-Pero sí te tengo a ti, y llegaré a toda tu maldita casa; y os quebrantará mi voluntad, aunque estéis todos hechos de acero.

Y diciendo  esto, alzó una larga espada que allí había y la quebró ante los ojos de Húrin, y un fragmento le hirió en la cara; pero Húrin no se doblegó. Entonces Morgoth, extendiendo el largo brazo hacia Dorlómin, maldijo a Húrin y Morwen y a sus hijos, diciendo:

- ¡Mira! La sombra de mi pensamiento caerá sobre ellos dondequiera que vayan, y mi odio los perseguirá hasta los confines del mundo.

Pero Húrin replicó:

-Hablas en vano. Tú no puedes verlos ni gobernarlos desde lejos; no mientras conserves esta forma, y desees aún ser un rey visible en la tierra.

Entonces Morgoth se volvió hacia Húrin, y dijo:

-¡Necio, insignificante entre los Hombres, que son ya lo más insignificante de cuanto habla! ¿Has visto a los Valar, o medido el poder de Manwé y Varda? ¿Conoces el alcance de su pensamiento? ¿O crees, quizá, que ellos te tienen presente y que pueden protegerte
desde lejos?

—No lo sé —contestó Húrin—. Pero bien podría ser así si ellos lo quisieran. Porque mientras Arda perdure el Rey Mayor no será destronado.

—Tú lo has dicho —dijo Morgoth—.Yo soy el Rey Mayor: Melkor, el primero y más poderoso de todos los Valar, que fue antes que el mundo y lo creó. La sombra de mis designios se extiende sobre Arda, y todo lo que hay en ella cede lenta e inexorablemente ante mi voluntad. Y a todos los que tú ames, mi pensamiento los cubrirá como una nube fatídica, y los envolverá en oscuridad y desesperanza. Dondequiera que vayan, el mal les saldrá al encuentro. Cada vez que hablen, sus palabras provocarán malentendidos. Todo lo que hagan se volverá contra ellos. Morirán sin esperanza, maldiciendo a la vez la vida y la muerte.

Pero Húrin respondió:

-¿Olvidas con quién hablas? Las mismas cosas se las dijiste hace mucho a nuestros padres; pero escapamos de tu sombra. Y ahora te conocemos, porque hemos contemplado los rostros que han visto la Luz, y hemos escuchado las voces que han hablado con Manwe.
Existías antes que Arda, pero otros también; y tú no la creaste. Ni tampoco eres el más poderoso; porque has dedicado tu fuerza a ti mismo y la has malgastado en tu propio vacío. No eres más que un esclavo fugitivo de los Valar, y sus cadenas todavía te esperan.

-Has aprendido de memoria las lecciones de tus amos –replicó Morgoth—. Pero un conocimiento tan infantil no te ayudará, ahora que todos han huido.

-Esto es entonces lo último que te diré, esclavo Morgoth –dijo Húrin-, y no proviene de la ciencia de los Eldar, sino que me lo dicta mi corazón en este momento. Tú no eres el Señor de los Hombres, y nunca lo serás, aunque toda Arda y el Menel caigan bajo tu dominio. Más allá de los Círculos del Mundo no puedes perseguir a los que te rechazan.

-Más allá de los Círculos del Mundo no los perseguiré –contestó Morgoth-. Porque más allá de los Círculos del Mundo está la Nada. Pero hasta que entren en la Nada, dentro de ellos no se me escaparán.

-Mientes -afirmó Húrin.

-Ya lo verás, y reconocerás entonces que no miento -dijo Morgoth.

Y llevando a Húrin de nuevo a Angband.lo sentó en una silla de piedra sobre un sitio elevado de Thangorodrim desde donde podía ver a lo lejos la tierra de Hithlum al oeste y las tierras de Beleriand al sur. Allí quedó sujeto por el poder de Morgoth; y éste, de pie a su lado, lo maldijo de nuevo y le impuso su poder, de manera que Húrin no podía moverse ni morir en tanto que Morgoth no lo liberara.

-Siéntate aquí ahora -dijo Morgoth- y contempla las tierras donde aquellos que me has entregado conocerán el mal y la desesperación. Porque has osado burlarte de mí, y has cuestionado el poder de Melkor, amo de los destinos de Arda. Así pues, con mis ojos verás, y con mis oídos oirás, y nada te será ocultado."


domingo, 6 de mayo de 2012

La bebida

El comer y el beber


Entonces, un viejo que tenía una posada dijo: Háblanos del comer y del beber.

Y él respondió:

Ojalá pudierais vivir de la fragancia de la tierra y, como planta del aire, ser alimentados por la luz.

Pero, ya que debéis matar para comer y robar al recién nacido la leche de su madre para apagar vuestra sed, haced de ello un acto de adoración.

Y haced que vuestra mesa sea un altar en el que lo puro y lo inocente, el buque y la pradera sean sacrificados a aquello que es más puro y aún inocente que el hombre.

Cuando matéis un animal, decidle en vuestro corazón:

«El mismo poder que te sacrifica, me sacrifica también; yo seré también destruido.
La misma ley que te entrega en mis manos me entregará a mí en manos más poderosas.

Tu sangre y mi sangre no son otra cosa que la savia que alimenta el árbol del cielo.»

Y, cuando mordáis una manzana, decidle en vuestro corazón:

«Tus semillas vivirán en mi cuerpo.

Y los botones de tu mañana florecerán en mi corazón.

Y tu fragancia será mi aliento.

Y gozaremos juntos a través de todas las estaciones.»

Y, en el otoño, cuando reunáis las uvas de vuestras vides para el lagar, decid en vuestro corazón:

«Yo soy también una vid y mi fruto será llevado al lagar. Y, como vino nuevo será guardado en vasos eternos.»

Y, en el invierno, cuando sorbáis el vino, que haya en vuestro corazón un canto para cada copa.

Y que haya en ese canto un recuerdo para los días otoñales y para la vid y para el lagar.

                                                                                                           
                                                                                                  Khalil Gibran - El profeta




Lastima, bandoneón,
mi corazón
tu ronca maldición maleva...
Tu lágrima de ron
me lleva
hasta el hondo bajo fondo
donde el barro se subleva.
¡Ya sé, no me digás! ¡Tenés razón!
La vida es una herida absurda,
y es todo tan fugaz
que es una curda, ¡nada más!
mi confesión.

Contame tu condena,
decime tu fracaso,
¿no ves la pena
que me ha herido?
Y hablame simplemente
de aquel amor ausente
tras un retazo del olvido.
¡Ya sé que te lastimo!
¡Ya se que te hago daño
llorando mi sermón de vino!

Pero es el viejo amor
que tiembla, bandoneón,
y busca en el licor que aturde,
la curda que al final
termine la función
corriéndole un telón al corazón.

Un poco de recuerdo y sinsabor
gotea tu rezongo lerdo.
Marea tu licor y arrea
la tropilla de la zurda
al volcar la última curda.
Cerráme el ventanal
que arrastra el sol
su lento caracol de sueño,
¿no ves que vengo de un país
que está de olvido, siempre gris,
tras el alcohol?...
                                                                  La última curda – C. Castillo



Rara..
como encendida
te hallé bebiendo
linda y fatal...

Bebías,
y en el fragor del champán,
loca, reías por no llorar...

Pena
me dio encontrarte
pues al mirarte
yo ví brillar
tus ojos,
con un eléctrico ardor,
tus bellos ojos que tanto adoré...

                                                                  Los mareados – E. Cadicamo


Yo era un hombre bien, tenía perro y mujer
y un día descubrí la botella de escocés.

Tomé demasiado, tomé demasiado, oh yeah.

Ahora sin parar voy por el callejón,
pateando botellas vacías de amor.

Tomé demasiado, tomé demasiado, oh yeah.

Whisky, whisky, y rock and roll.

Yo era un hombre bien, tenía perro y mujer
y un día descubrí la botella de escocés.
Tomé demasiado, tomé demasiado, oh yeah.

Mmmm, creo que tomé un poco de más…

                                                                    Pappo – Tomé demasiado

Pasión barroca y desbordada

Venus durmiente
Musa de la pintura
Yo no se nada de arte, pero me impresionaron su historia y sus pinturas.


Rompió todas las leyes de la sociedad. Fue una de las mayores pintoras de su época. Como Caravaggio, durante casi cuatro siglos fue olvidada. Una muestra en París redescubre su talento.

La pintora barroca italiana fue una mujer libre, rebelde, ambiciosa, muy cortejada y genial. Vivió rodeada de mecenas, formó a los grandes de la época, su autorretrato desnuda –representando una de las ocho virtudes de Miguel Angel– decora la casa del propio Buonarroti bajo el encargo de su sobrino, Miguel Angel el joven. Fue alumna de Galileo Galilei, primera mujer miembro de la Academia de Dibujo. Trascendió fronteras, fue amiga de Diego de Velázquez, también pintora de la corona española y de la reina de Inglaterra. Rompió todas las leyes sociales y se convirtió en una de las artistas más célebres de su época. Compleja, apasionada, también sus cartas de amor, asociadas a su trabajo, a su amante Francesco María Maringhi, desbordan de emociones, mezcladas con algunos versos latinos de Petrarca, Tasso o del mismo Miguel Angel. Muere en la gloria pero es olvidada durante cuatro siglos.
Artemisia Gentileschi (1593-1654) ha sido rescatada del olvido ahora en Francia con la muestra en el Museo Maillol. Al entrar en el suntuoso recinto de este hotel particular que fue la casa de Maillol y de su esposa, Dina Vierny, uno se topa con obras que rinden cuenta de la importancia de esta una mujer excepcional en la historia del arte y, en particular, en el período barroco-clasicista. A través de los dos pisos del museo se despliega un universo de formas impregnadas de refinamiento, voluptuosidad, teatralidad en las expresiones y colores, bajo una pasión intensa que emana del conjunto de estos elementos. La genial creadora renace como una suerte de Ave Fénix frente a nuestra mirada subyugada.
Hija del maestro toscano de la pintura barroca Orazio Gentileschi, Artemisia nació en Roma el 8 de julio de 1593. Su madre murió en el séptimo parto, cuando ella tenía 12 años. Decide ser artista y se convierte en la mejor alumna de su padre: quiere trascender su condición (fue el caso de Caravaggio en otro sentido), cuya pintura, según dicen algunas fuentes, la trastornaba.
Caravaggio muere en 1610; Artemisia tiene entonces 17 años y firma su primer cuadro: “Susana y los viejos”. Artemisia ha eliminado todo detalle anecdótico, como el jardín o las joyas que son un clásico a la hora de tratar este tema de lascivia bíblico. La atención está prestada a los personajes y a la pureza que irradia el cuerpo desnudo de Susana, la expresión de miedo de su rostro, bajo el inmenso contraste entre el rojo y el azul, que derivan del interés de la pintora por Miguel Angel en aquella época.
Un año más tarde, en 1611, uno de los colaboradores de su padre en la decoración de la casa del cardinal Scipione Borghese, Agostino Tassi, comienza a darle clases de perspectiva. Se inicia entonces un capítulo oscuro en la vida de Artemisia. No acepta el pedido de matrimonio que le hace Tassi, quien la viola. Su padre decide denunciarlo al papa Pablo V para obligarlo a casarse –era la ley de la época– y somete de hecho a Artemisia a un proceso humillante bajo la mirada de toda Roma. El proceso público duró varios meses. Fue sometida a la tortura que consistía en prensar los dedos a través de cuerdas hasta destruir las falanges. En los registros judiciales que se conservan se puede leer una famosa frase de Artemisia, quien con los dedos deshechos se dirige a Tassi diciéndole: “Este es el anillo de bodas que me tenías prometido”. Tassi es condenado a cinco años de exilio y galeras pontificias –que nunca cumplió– mientras que Artemisia se casa con Pierantonio Stiattesi, florentino, hijo de un zapatero, y juntos se trasladan a Florencia.
En aquella época, en la corte del gran duque de la Toscana, Cosme de Médicis, se encuentra como consejero y maestro de perspectiva en la Academia, Galileo. Fue amigo y maestro de Artemisia. Ella ya era integrante de la prestigiosa Academia del Dibujo, la primera mujer con ese cargo. Se conservan 28 cartas entre ellos. El aporte de Galileo es clave en una de las obras maestras de la pintora: “Judith decapitando a Holofernes”, ejecutada entre 1612-1613.
En esta obra mayor, Artemisia pone sus rasgos en el frío y calculador rictus del rostro de Judith, atribuyendo a Holofernes los de Tassi. La oscuridad y violencia de esta obra, la seguridad en el rostro de Judith decapitando a Holofernes, se atribuyen a su traumática violación y al proceso humillante que vivió posteriormente. El cuadro tiene detalles de Caravaggio: la sangre manchando las sábanas blancas es un efecto de gran dureza que responde al estilo impactante del maestro del claroscuro.
En 1620 el duque Cosme de Médicis quiso adquirir una segunda copia. Y es aquí donde intervendrá Galileo. En este segundo cuadro hay una diferencia en cómo la sangre fluye desde el cuello de Holofernes: el recorrido de la sangre sigue una trayectoria parabólica. Galileo que conocía las dos versiones del cuadro de Artemisia es probable que le haya indicado la trayectoria correcta, en una suerte de realismo que acentúa la crudeza del cuadro (Galileo se ocupó en estudiar el movimiento de los proyectiles y en describir el movimiento parabólico).
Artemisia vuelve a Roma, se reafirma en la escena internacional con una docena de cuadros: llega a la cumbre de una carrera brillante de retratista. La corte de los Médicis con su particular gusto por el teatro, dicta el gusto en la ciudad. La pintora se instala con su familia, su marido y cuatro hijos, cerca de la plaza del Popolo durante cuatro años, entre 1620 y 1626.
Separada de su marido, se traslada a Venecia donde el éxito continuará durante tres años antes de partir a Nápoles. Allí se instala durante 20 años para trabajar al servicio de otro de sus admiradores, el virrey Fernando Enríquez Afán de Ribera, duque de Alcalá. Instala un taller con una docena de ayudantes y forma a los mejores pintores del futuro: Pacceco De Rosa, Onofrio Palumbo, Bernardo Cavallino, Spardano. Se impone en el medio artístico napolitano gracias a un encargo “El nacimiento de Juan el Bautista”, hoy en el Museo del Prado, y los tres retablos destinados a la catedral de Pozzuoli.
Cuadros bíblicos, personajes mitológicos e históricos, retratos de actrices.
Como Artemisia era muy bella los coleccionistas adquirían sus retratos en toda Europa, porque ella solía ser su propio modelo. Había muchas mujeres pintoras en la época pero estaban limitadas a pintar vírgenes y flores: la hija de Orazio imponía su cuerpo. Audaz y refinada, trabajó para todos los coleccionistas privados: los Médicis, el duque de Módena, el conde de Amabares, los D’Este, además de banqueros, príncipes europeos y toda suerte de nobles. Las figuras femeninas de sus cuadros están en su mayoría desnudas: hay músicas, pensadoras, artistas y personajes célebres: Cleopatra, Diana, Dalila, María Magdalena, Judith, la Galatea...
“Cleopatra” (1635) se impone entre sus retratos-autorretratos por su dramatismo, con su torso delicado y desnudo mientras se deja morder por una serpiente pequeña, apenas visible. La acompaña en su fuerza impactante “El suicidio de Lucrecia” (1630-1633), la expresión noble de la esposa de Lucio Tarquinio Colatino entregada al sacrificio para salvar el honor perdido. Cuerpos sensuales y delicados, eróticos, con una plástica profundamente teatral donde ella misma se incluye como personificación de su arte.
En 1639 Artemisia viaja a Londres. Vivirá allí dos años y decorará los techos de la casa de la reina en Greenwich. Su padre era considerado allí el mayor maestro de su tiempo; muere en Londres y, según dicen las fuentes, el funeral de Gentileschi fue tan suntuoso y espectacular como fueron los de Rafael y Miguel Angel.
Artemisia regresa a Nápoles aproximadamente en 1640 y allí se queda hasta su muerte, cuya fecha exacta no es precisa pero se estima que ocurrió en 1654.
En Nápoles siguen los encargos, respaldada por su amante y protector Frescobaldi, Artemisia responde a los pedidos de sus coleccionistas realizando retratos y cuadros de grandes dimensiones como los de Diana y la Galatea, o“El juicio de París”. En los últimos años de su vida Artemisia parece colaborar estrechamente con el pintor napolitano Onofrio Palumbo, según el testimonio de algunos documentos que se encuentran en los archivos en Nápoles. Antes de morir, dirá de ella misma una frase que la define: “Soy el alma de César en un cuerpo de mujer”.
Judith y su sirvienta
Se presume que sus restos se encuentran en la iglesia Sain Giovanni Fiorentini de Nápoles, sin embargo resulta difícil identificar su tumba, que desaparece en unos trabajos de restauración de la iglesia en 1785.

Judith decapitando a Holoformes
Lot y sus hijas
Cleopatra

domingo, 29 de abril de 2012

Elogio de la locura - Erasmo de Roterdam



Que barbaro, un tipo que vivió hace quinientos años que me haya hecho reír a carcajadas. Un maestro...

 
CAPITULO XXV
CONTINÚA LA MISMA MATERIA
 
Pudiera, sin embargo, tolerarse a los sabios el desempeño de los cargos públicos, aunque nos hiciesen el efecto de asnos tocando la lira, con tal que en los restantes negocios mostraran singular maestría; pero llevad un sabio a un banquete, y es seguro que aguará la fiesta con su melancólico silencio o con sus impertinentes cuestioncillas; hacedle bailar, y creeréis ver saltar a un camello; conducidle a un espectáculo, y sólo mirarle a la cara bastará para que nadie se divierta y, como al sabio Catón, se le rogará que abandone el teatro, ya que no puede desarrugar el entrecejo; si cae en medio de una conversación, caerá de improviso como el lobo de la fábula; si se trata de compras, de convenios, en una palabra, de alguna de esas cosas de las que no puede prescindirse en la vida diaria, diríais que nuestro sabio más parece un tronco que un hombre.
Por tanto, como es del todo inhábil para las cosas ordinarias y discrepa enteramente de las opiniones y de las costumbres del vulgo, resulta absolutamente inútil para sí, para los suyos y para la patria; por lo cual se comprende también que tal diferencia de conducta y de sentimientos
debe hacerle aborrecible para todo el mundo…”


CAPITULO XL
LA SUPERSTICIÓN COMO FORMA DE NECEDAD

Pero he aquí otros hombres que, sin duda alguna, son de nuestra grey. Quiero hablar de los que se complacen en contar o en oír milagros y mentiras monstruosas y nunca se cansan de escuchar las fábulas más extrañas acerca de espectros, de duendes, de fantasmas, de infiernos y de otras mil maravillas por el estilo, las cuales, cuanto más se apartan de la verdad, más crédito les dan las gentes, y con mayor delicia las escuchan. Adviértase que esto no sirve tan sólo para matar el tiempo a maravilla, sino también para ganar dinero principalmente a los clérigos y predicadores.
Afines a éstos son los que tienen la necia, aunque dulce persuasión, de que si ven alguna imagen o cuadro de San Cristóbal, el Polifemo cristiano, ya no se morirá aquel día; los que por rezar cierta oración ante la efigie de Santa Bárbara, se imaginan que volverán sanos y salvos de la guerra; y también los que por visitar la imagen de San Erasmo en ciertos días, llevándole tantas velas y diciéndole tales o cuales preces, esperan que muy pronto van a ser ricos.
De la misma manera que tienen un segundo Hipólito, también han convertido a Hércules en San Jorge, y si bien no adoran del mismo modo que al santo a su caballo, que adornan muy de votamente con jaeces y gualdrapas, procuran de cuando en cuando ganarse sus gracias por medio de algunas ofrendillas, y tienen por cosa digna de reyes el jurar por su casco de bronce.
¿Y qué diré de aquellos que embaucan al pueblo muy suavemente con sus fingidas indulgencias y que miden como con una clepsidra (reloj de agua) la duración del Purgatorio, contando los siglos, los años, los meses, los días y las horas sin equivocarse en modo alguno, como si se sirviesen de una tabla matemática? ¿Y qué de aquellos que, usando de ciertos signos mágicos y
ensalmos inventados por algún piadoso impostor, ya para la salud de las almas, ya para provecho de su bolsa, prométenselo todo: riquezas, honores, placeres, buena mesa, salud a prueba de bomba, larga vida, vejez floreciente y, en fin, un puesto en el Cielo al lado de Cristo?
Verdad es que esta última ventaja no la quieren sino lo más tarde posible, es decir, cuando con gran pesar suyo los abandonan los placeres de este mundo, a los que se agarran con dientes y con uñas; entonces, y sólo entonces, quieren sustituir las delicias de la tierra con las del cielo.

Hay que mencionar también aquí al comerciante, al soldado y al juez, que, apartando de sus rapiñas un mísero ochavo para obras pías, créense ya tan limpios de culpas cual si se hubiesen bañado en la laguna Lerna y redimidos como por un pacto de sus perjurios, orgías, borracheras, camorras, asesinatos, calumnias, perfidias y traiciones, hasta el extremo de tener el convencimiento de que han adquirido patente para comenzar de nuevo sus fechorías.
Pero ningunos más necios y con todo más felices que esos otros que esperan ganar algo superior a la felicidad suprema recitando a diario aquellos siete versículos se los sagrados Salmos, pues ya sabéis que el rezo de esos mágicos versículos, créese que le fue indicado a San Bernardo por cierto demonio burlón, aunque más ligero que malicioso, pues se enredó en sus propias redes.
Pues bien: todo esto que es tan necio, que casi a mí misma me avergüenza, no solamente es aprobado por el vulgo, sino también por los que enseñan la religión. Pero ¿qué más?, al mismo género de necedad pertenece la costumbre de que cada comarca tenga su patrono, y de que a cada uno de estos santos se le atribuya una virtud particular y se le venere con un culto especial: uno cura el dolor de muelas, otro ayuda a las mujeres en sus partos, éste restituye los objetos robados, aquél socorre a los náufragos, el de más allá protege a los rebaños, y así sucesivamente, pues resultaría interminable mencionarlos a todos; sólo diré que hay algunos que poseen virtud para varias cosas, principalmente la Virgen, Madre de Dios, a quien el vulgo atribuye casi más poder que a su propio Hijo.


CAPITULO XLII
IMPORTANCIA QUE TIENE EL AMOR PROPIO EN LOS
INDIVIDUOS

Aunque tengo alguna prisa, no puedo, sin embargo, pasar en silencio a aquellos
que, si bien es cierto que no difieren gran cosa de un pobre remendón, jáctanse, no obstante, de una manera increíble de poseer un vano título nobiliario. El uno dice que desciende de Eneas; el otro, de Bruto, y el de más allá, del rey Artús; en todos los rincones de sus casas muestran las estatuas y retratos de sus antepasados, cuentan sus bisabuelos y sus tatarabuelos y recuerdan sus antiguos apellidos; pero, en realidad, no están ellos mismos muy lejos de ser como las mudas estatuas de que se glorían; antes, al contrario, son más estúpidos que los retratos que enseñan. A pesar de ello, gracias al dulcísimo Amor Propio, gozan de una vida completamente feliz, pues nunca faltan algunos tan necios como ellos, que admiran a esta especie de brutos como si fueran dioses.
Pero ¿por qué he de hablar de géneros de necedad, como si Filaucia (el Amor Propio) no dispusiera por doquier de mil medios para hacer dichosos a muchísimos hombres? Este, más feo que un mico, se tiene por más hermoso que Nireo; el otro, en cuanto sabe trazar tres líneas con el compás, se juzga un Euclídes; y aquel otro, que es como un asno delante de una lira, y cuya voz es tan chillona como la del gallo cuando anda detrás de la gallina, se cree un nuevo Hermógenes. Hay, sí, una clase de locura extraordinariamente agradable, superior a las demás, y de cuya posesión algunos se envanecen como si fuese suya. Tal fué la de aquel rico, dos veces feliz, de que nos habla Séneca, que cuando tenía que contar un cuentecillo, ponía junto a sí a sus siervos para que le apuntasen las palabras y a los cuales no hubiera dudado en enviar a la palestra a hacer sus veces en un certamen de pugilato, pues era hombre tan para poco, que
sólo podía vivir confiado en que tenía en su casa muchos y muy robustos esclavos.
Y ¿qué diremos de los cultivadores de las bellas artes? Les es tan peculiar la Filaucia, que antes los veríamos renunciar a su patrimonio que ser tenidos por genios; pero principalmente entre los comediantes, músicos, oradores y poetas,
el más ignorante es el que posee mayor presunción, mayor jactancia y más elevado concepto de sí mismo; y con todo, encuentran imbéciles de su calaña que los admiren, porque cuanto más tontos son, más admiradores hallan, ya que por ser, como dijimos, la mayoría de los hombres vasallos de la Necedad, lo peor gusta siempre a los más. Por consiguiente, si los imbéciles son los más satisfechos de sí mismos y los más admirados por todos, ¿quien será el necio que prefiera la verdadera sabiduría, que tanto trabajo nos cuesta adquirir, nos vuelve tímidos y vergonzosos, y, por último, encuentra tan pocos apreciadores?...”

Ya no - Idea Vilariño



Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.

No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.

Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.

No volveré a tocarte.

No te veré morir.


                                      Idea Vilariño

viernes, 20 de abril de 2012

Los niños - Khalil Gibran


Y una mujer que sostenía un niño contra su seno pidió:

Háblanos de los niños.

Y él dijo:

Vuestros hijos no son hijos vuestros.

Son los hijos y las hijas de la Vida, deseosa de sí misma.
Vienen a través vuestro, pero no vienen de vosotros.
Y, aunque están con vosotros, no os pertenecen.

Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos.
Porque ellos tienen sus propios pensamientos.

Podéis albergar sus cuerpos, pero no sus almas.
Porque sus almas habitan en la casa del mañana que vosotros no podéis visitar, ni siquiera en sueños.

Podéis esforzaros en ser como ellos, pero no busquéis el hacerlos como vosotros.
Porque la vida no retrocede ni se entretiene con el ayer.

Vosotros sois el arco desde el que vuestros hijos,
como flechas vivientes, son impulsados hacia delante.

El Arquero ve el blanco en la senda del infinito y os doblega con Su poder para que Su flecha vaya veloz y lejana.

Dejad, alegremente, que la mano del Arquero os doblegue.

Porque, así como Él ama la flecha que vuela, así ama también el arco, que es estable.

Estoy en esta mesa rota...

Estoy en esta mesa rota, destartalada y vieja.
Pensándolo mejor, hecha pelota.

Que cuando afirmo los codos se me queja.
La remendé con una tabla crota.

Pero agarro la viola, y me da oreja.

Miro el cielo en rebanadas,
tras la reja de una ventana chota.

Y acomodo la vida en una nota,
que no siempre me sale muy pareja…

De muy temprano me anda dando vueltas
el angelito de decir las cosas.

Capaz que por ser tantas
no me sale ni una frase rasposa…

El mate que me dio, le dio en la rabia
de verme atragantado y medio harto.

Cachó un papel que acomodó en la prosa
y me lo dio, a las once menos cuarto:

“Tu corazón dirá lo que haga falta,
por lo demás no puedo, es un pretexto
te quiero mucho” me puso.
Y mas abajo: “la Negra”.

Y aquí estoy, haciendo esto.

No se si a mucha gente
le interese que sea tan sincero.

Se puede hacer un verso desde el hueso
con un simple: “Te quiero”.

                                                                       José Larralde