sábado, 4 de agosto de 2012

La pantalla del mundo nuevo


La historia post apocalíptica que cuenta esta canción 
me hace acordar a historietas de Robin Wood como Or-Grund o Mark.  

La ciudad del mundo nuevo duerme su sueño de paz
Ve la vida en un video y se le va la vida al creer

Megáfonos recomiendan: use máscaras de gas.
Hay oxígeno vencido en esta farsa de la paz

Humanoides disidentes viven la alerta total
y heroicos sobrevivientes darán el golpe final

(...)

La pantalla me lo cuenta con mi desayuno,
y es probable que no quede ninguno

El desierto los protege y les presta libertad
Les da locura el viento en su furioso andar

La ciudad ultramoderna se despierta una vez más
No sabe que está sitiada y ya no sobrevivirá

La pantalla me lo cuenta con mi desayuno,
y es probable que no quede ninguno

La rodean nuevos seres de dureza incomprensible
y negocian en una mesa sus aventuras horribles

Hay brillo en ojos malignos aguardando la señal
e inventaron nuevos signos para las huestes del mal

(...)

Te deseo mucha suerte, ser humano del pasado
El cambio será fatal y tu mundo nuevo, borrado

Mundo nuevo,
mundo nuevo.


                                                                                                  Riff
                                                                                                  Letra: Pappo

viernes, 20 de julio de 2012

La Tentación



El general Quiroga va a su entierro;
Lo invita el mercenario Santos Pérez
Y sobre Santos Pérez está Rosas,
la recóndita araña de Palermo.
Rosas, a fuer de buen cobarde, sabe
que no hay entre los hombres uno solo
más vulnerable y frágil que el valiente.
Juan Facundo Quiroga es temerario
hasta la insensatez. El hecho puede
merecer el examen de su odio.
Ha resuelto matarlo. Piensa y duda.
Al fin da con el arma que buscaba.
Será la sed y el hambre del peligro.
Quiroga parte al Norte. El mismo Rosas
le advierte, casi al pie de la galera,
que circula rumores de que López
premedita su muerte. Le aconseja
no acometer la osada travesía
sin una escolta. Él mismo se la ofrece.
Facundo ha sonreído. No precisa
laderos. Él se basta. La crujiente
galera deja atrás las poblaciones.
Leguas de larga lluvia la entorpecen.
Neblina y lodo y las crecidas aguas.
Al fin avistan Córdoba. Los miran
como si fueran sus fantasmas. Todos
los daban ya por muertos. Antenoche
Córdoba entera ha visto a Santos Pérez
distribuir las espadas. La partida
es de treinta jinetes de la sierra.
Nunca se ha urdido un crimen de manera
más descarada, escribirá Sarmiento.
Juan Facundo Quiroga no se inmuta.
Sigue al Norte. En Santiago del Estero
se da a los naipes y a su hermoso riesgo.
Entre el ocaso y la alborada pierde
o gana centenares de onzas de oro.
Arrecian las alarmas. Bruscamente
resuelven regresar y da la orden.
Por esos descampados y esos montes
retoman los caminos del peligro.
En un sitio llamado el Ojo de Agua
El maestro de posta le revela
que por ahí ha pasado la partida
que tiene por misión asesinarlo
y que lo espera en un lugar que nombra.
Nadie debe escapar. Tal es la orden.
Así lo ha declarado Santos Pérez,
el capitán. Facundo no se arredra.
No ha nacido aún el hombre que se atreva
a matar a Quiroga, le responde.
Los otros palidecen y se callan.
Sobreviene la noche, en la que sólo
duerme el fatal, el fuerte, que confía
en sus oscuros dioses. Amanece.
No volverán a ver otra mañana.
¿A qué concluir la historia que ya ha sido
contada para siempre? La galera
toma el camino de Barranca Yaco. 

                                                                   J.L.Borges


viernes, 13 de julio de 2012

El matadero - Esteban Echeverría



Muy bien escrito, con graciosa ironía. Si uno solamente se tuviera que basar  en el ambiente que describe éste cuento, sin duda mis simpatías estarían del lado de los Unitarios. Tengan en cuenta que en éste fragmento no se encuentran los pasajes más brutales ni sangrientos.

“…Lo que hace principalmente a mi historia es que por causa de la inundación estuvo quince días el matadero de la Convalecencia sin ver una sola cabeza vacuna, y que en uno o dos, todos los bueyes de quinteros y aguateros se consumieron en el abasto de la ciudad. Los pobres niños y enfermos se alimentaban con huevos y gallinas, y los gringos y herejotes bramaban por el beefsteak y el asado. La abstinencia de carne era general en el pueblo, que nunca se hizo más digno de la bendición de la Iglesia, y así fue que llovieron sobre él millones y millones de indulgencias plenarias. Las gallinas se pusieron a seis pesos y los huevos a cuatro reales y el pescado carísimo. No hubo en aquellos días cuaresmales promiscuaciones ni excesos de gula; pero en cambio se fueron derecho al cielo innumerables ánimas, y acontecieron cosas que parecen soñadas…

….En efecto, el decimosexto día de la carestía, víspera del día de Dolores, entró a nado por el paso de Burgos al matadero del Alto una tropa de cincuenta novillos gordos; cosa poca por cierto para una población acostumbrada a consumir diariamente de 250 a 300, y cuya tercera parte al menos gozaría del fuero eclesiástico de alimentarse con carne. ¡Cosa extraña que haya estómagos privilegiados y estómagos sujetos a leyes inviolables y que la Iglesia tenga la llave de los estómagos!

Pero no es extraño, supuesto que el diablo con la carne suele meterse en el cuerpo y que la Iglesia tiene el poder de conjurarlo: el caso es reducir al hombre a una máquina cuyo móvil principal no sea su voluntad sino la de la Iglesia y el gobierno. Quizá llegue el día en que sea prohibido respirar aire libre, pasearse y hasta conversar con un amigo, sin permiso de autoridad competente. Así era, poco más o menos, en los felices tiempos de nuestros beatos abuelos que por desgracia vino a turbar la revolución de Mayo.

Sea como fuere; a la noticia de la providencia gubernativa, los corrales del Alto se llenaron, a pesar del barro, de carniceros, achuradores y curiosos, quienes recibieron con grandes vociferaciones y palmoteos los cincuenta novillos destinados al matadero.

—Chica, pero gorda —exclamaban—. ¡Viva la Federación! ¡Viva el Restaurador!

Porque han de saber los lectores que en aquel tiempo la Federación estaba en todas partes, hasta entre las inmundicias del matadero, y no había fiesta sin Restaurador como no hay sermón sin San Agustín. Cuentan que al oír tan desaforados gritos las últimas ratas que agonizaban de hambre en sus cuevas, se reanimaron y echaron a correr desatentadas conociendo que volvían a aquellos lugares la acostumbrada alegría y la algazara precursora de abundancia.

El primer novillo que se mató fue todo entero de regalo al Restaurador, hombre muy amigo del asado. Una comisión de carniceros marchó a ofrecérselo a nombre de los federales del matadero, manifestándole in voce su agradecimiento por la acertada providencia del gobierno, su adhesión ilimitada al Restaurador y su odio entrañable a los salvajes unitarios, enemigos de Dios y de los hombres. El Restaurador contestó a la arenga, rinforzando sobre el mismo tema y concluyó la ceremonia con los correspondientes vivas y vociferaciones de los espectadores y actores. Es de creer que el Restaurador tuviese permiso especial de su Ilustrísima para no abstenerse de carne,
porque siendo tan buen observador de las leyes, tan buen católico y tan acérrimo protector de la religión, no hubiera dado mal ejemplo aceptando semejante regalo en día santo…”

Charles Baudelaire - Poemas en prosa

 
XVII

UN HEMISFERIO EN UNA CABELLERA

Déjame respirar mucho tiempo, mucho  tiempo, el olor de tus cabellos; sumergir
en ellos el rostro, como hombre sediento en agua de manantial, y agitarlos
con mi mano, como pañuelo odorífero, para sacudir recuerdos al aire.

¡Si pudieras saber todo lo que veo! ¡Todo lo que siento! ¡Todo lo que oigo en tus
cabellos!

Mi alma viaja en el perfume como el alma de los demás hombres en la música.
Tus cabellos contienen todo un ensueño, lleno de velámenes y de mástiles; contienen
vastos mares, cuyos monzones me llevan a climas de encanto, en que el espacio es más
azul y más profundo, en que la atmósfera está perfumada por los frutos, por las hojas y
por la piel humana.

En el océano de tu cabellera entreveo un puerto en que pululan cantares melancólicos,
hombres vigorosos de toda nación y navíos de toda forma, que recortan sus
arquitecturas finas y complicadas en un cielo inmenso en que se repantiga el
eterno calor.

En las caricias de tu cabellera vuelvo a encontrar las languideces de las largas horas
pasadas en un diván, en la cámara de un hermoso navío, mecidas por el balanceo
imperceptible del puerto, entre macetas y jarros refrescantes.

En el ardiente hogar de tu cabellera respiro el olor del tabaco mezclado con opio y
azúcar; en la noche de tu cabellera veo resplandecer lo infinito del azul tropical; en las
orillas vellosas de tu cabellera me emborracho con los olores combinados del algodón,
del almizcle y del aceite de coco.

XXXIII

EMBRIAGAOS

Hay que estar siempre borracho. Todo consiste en eso: es la única cuestión. Para no
sentir la carga horrible del Tiempo, que os rompe los hombros y os inclina hacia el suelo,
tenéis que embriagaros sin tregua.
 
Pero ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, de lo que queráis. Pero embriagaos.

Y si alguna vez, en las gradas de un palacio, sobre la hierba verde de un foso, en la
tristona soledad de vuestro cuarto, os despertáis, disminuida ya o disipada la embriaguez, preguntad al viento, a la ola, a la estrella, al ave, al reloj, a todo lo que huye,
a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla,
preguntadle la hora que es; y el viento, la ola, la estrella, el ave, el reloj; os contestarán:

“Es hora de emborracharse! Para no ser esclavos y mártires del Tiempo, embriagaos,
embriagaos sin cesar. De vino, de poesía o de virtud; a su gusto.”




EPÍLOGO

A la montaña he subido, satisfecho el corazón.
En su amplitud, desde allí, puede verse la ciudad:
un purgatorio, un infierno, burdel, hospital, prisión.

Florece como una flor allí toda enormidad.
Tú ya sabes, ¡oh Satán!, patrón de mí alma afligida,
que yo no subí a verter lágrimas de vanidad.

Como el viejo libertino busca a la vieja querida,
busqué a la enorme ramera que me embriaga como un vino,
que con su encanto infernal rejuvenece mi vida.

Ya entre las sábanas duermas de tu lecho matutino,
de pesadez de catarro de sombra, o ya te engalanes
con los velos de la tarde recamados de oro fino,

te amo, capital infame. Vosotras, ¡oh cortesanas!,
y vosotros, ¡oh bandidos!, brindáis a veces placeres
que nunca comprende e1 necio vulgo de gentes profanas

lunes, 25 de junio de 2012

La causa de los peces


Es un impulso común en los padres intentar aislar a nuestros hijos de la maldad del mundo, pero luego nos damos cuenta que en algún momento de sus vidas deberán enfrentarse solos a su crueldad, que nosotros no vamos a estar ahí, y que lo mejor para ellos es que vayan conociendo la miseria y la maldad del mundo de los grandes. Este cuento lo retrata a la perfección. 


Yo tendría cinco o seis años. Era la época en que pasábamos los fines de semana en una casita cercana a la laguna de Lobos: mis padres, mi hermana y yo. Los sábados, papá me llevaba a caminar rumbo a la laguna. Me recuerdo a caballo de sus hombros, recorriendo caminos de tierra en atardeceres luminosos, en busca de nuevos senderos hacia la playita pedregosa, en la que nos tirábamos boca arriba, a mirar el cielo. A veces, permanecíamos allí hasta la noche. Jugábamos a cazar estrellas. Papá me había enseñado a identificar las Tres Marías, la Cruz del Sur, el Lucero.Otras, simplemente nos sentabamos en el muelle a esperar la caída del sol, sumidos en la placidez transmitida por las aguas mansas, en una intimidad sólo alterada, de tanto en tanto, por el chapoteo de las líneas lanzadas por los pescadores.

Ambos compartíamos un secreto: la causa de los peces. Es decir, éramos hinchas de quienes estaban del otro lado de la tanza, de los más débiles. Cuántas veces presenciábamos la lucha sólo visible por la danza primitiva de un hombre contorsionándose alrededor de una caña arqueada, con el deseo de que el anzuelo se hubiera clavado en una lata, o en un junco. Y la congoja frente a los brincos de agonía de pejerreyes, bagres y tarariras que habían mordido la carnada.

Después, papá volvería canturreando una melodía pegajosa, un tango quizás, con la voz aflautada, el tono agudo, agitando el dedo índice como una batuta, aunque a mí me pareciera una varita mágica. Y yo caminaba a su lado, a veces, buscando piedritas uniformes para jugar a La Payana. Piedras chiquitas, para que mi mano diestra, de una vez por todas, pudiera agarrar más de dos. También podía pasar que volviéramos barriendo nuestras pisadas con una rama, para despistar al enemigo imaginario, o yo inclinándome sobre ella, como un boy scout en la búsqueda de un tesoro.

Una noche, apurábamos el retorno; debíamos detenernos a comprar tomates de la huerta de doña Inés. Ya con la bolsa llena, dejamos atrás las chacras, las quintas, hasta que el paisaje iba perdiendo su fisonomía rural, para transformarse en un caserío raleado. Como de costumbre, papá iba hablándome. Nunca recuerdo de qué pero, tal cual sucede con la música, no importa tanto la letra, sino la melodía, el ritmo. Me es imposible rememorar algún diálogo, pero sí recuerdo que papá me explicaba cosas; contento, sonriente. Yo lo escuchaba fascinado.

Un aullido lacerante nos paralizó. Provenía del jardín por cuyo frente caminábamos. Miramos hacia dentro con la poca luz que permitía un farol a gas, bamboleándose sobre un madero. Entonces, vi a un hombre apaleando brutalmente a un perro. El pobre animal estaba atado, tirado en el suelo, y el hombre lo azotaba con una caña, una y otra vez, mientras se confundían dos quejas: los insultos y los ladridos lastimosos. Así lloran los perros, creí pensar. Casi instintivamente quise arrojarme sobre el cerco; solamente recuerdo mi desesperación por la suerte del animal que se retorcía en el suelo, mientras aquel bruto parecía cebado en una violencia sin fin. Creo que empecé a gritarle algo. Fue entonces cuando papá me tomó los hombros, con un ademán que me confundió: me clavó en el piso mirando hacia la escena. En ese momento sentí que me obligaba a ver lo que estaba sucediendo. Alcancé a girar la cabeza para implorarle, con los ojos, primero, y con palabras, después.

La percepción se diluye en el sentimiento. Los contornos se evaporan aunque todavía tengo presente que, cuando el hombre se percató de nuestra presencia, nos desafió con un gesto mientras continuaba vapuleando el cuerpo del animal. Entonces papá simplemente me dijo: "Vamos hijo. El señor es el dueño del perro".

Volví con la cabeza gacha, sin pronunciar palabra. Tampoco papá tuvo ganas de hablar. Los dos sentíamos que nuestro mundo perfecto se había partido. La causa de los peces estaba perdida.

Pasaron semanas sin que volviéramos a la laguna. Poco a poco, las cosas retornaron a la normalidad. Sin embargo, años más tarde, me pregunté si aquella vez mi padre había actuado con cobardía o con crueldad.

El ruido de otra piedra que cayó a mi lado me devolvió al presente. Corrí hacia mi hija, que ajena jugaba en un improvisado sube y baja, hecho con un tronco y un tacho. La bajé a la fuerza y la apreté contra mi pecho, con la intención de protegerla. Allí estaría a salvo. Entonces, comprendí. Y la espina clavada durante años se deshizo en llanto.

                                                                                                     Alberto Tarsitano

domingo, 17 de junio de 2012

Demolición de un mejicano



La Historia (que, a semejanza de cierto director cinematográfico, procede por imágenes discontinuas) propone ahora la de una arriesgada taberna, que está en el todopoderoso desierto igual que en alta mar. El tiempo, una destemplada noche del año 1873; el precisó lugar, el Llano Estacado (New Mexico). La tierra es casi sobrenaturalmente lisa, pero el cielo de nubes a desnivel, con desgarrones de tormenta y de luna, está lleno de pozos que se agrietan y de montañas. En la tierra hay el cráneo de una vaca, ladridos y ojos de coyote en la sombra, finos caballos y la luz alargada de la taberna. Adentro, acodados en el único mostrador, hombres cansados y fornidos beben un alcohol pendenciero y hacen ostentación de grandes monedas de plata, con una serpiente y un águila. Un borracho canta impasiblemente. Hay quienes hablan un idioma con muchas eses, que ha de ser español, puesto que quienes lo hablan son despreciados. Bill Harrigan, rojiza rata de conventillo, es de los bebedores. Ha concluido un par de aguardientes y piensa pedir otro más, acaso porque no le queda un centavo. Lo anonadan los hombres de aquel desierto. Los ve tremendos, tempestuosos, felices, odiosamente sabios en el manejo de hacienda cimarrona y de altos caballos. De golpe hay un silencio total, sólo ignorado por la desatinada voz del borracho. Ha entrado un mejicano más que fornido, con cara de india vieja. Abunda en un desaforado sombrero y en dos pistolas laterales. En duro inglés desea las buenas noches a todos los gringos hijos de perra que están bebiendo. Nadie recoge el desafío. Bill pregunta quién es, y le susurran temerosamente que el Dago -el Diego- es Belisario Villagrán, de Chihuahua. Una detonación retumba en seguida. Parapetado por aquel cordón de hombres altos, Bill ha disparado sobre el intruso. La copa cae del
puño de Villagrán; después, el hombre entero. El hombre no precisa otra bala. Sin dignarse mirar al muerto lujoso, Bill reanuda la plática. "¿De veras?", dice (Is that so?, he drawled.). "Pues yo soy Bill Harrigan, de New York." El borracho sigue cantando, insignificante.
Ya se adivina la apoteosis. Bill concede apretones de manos y acepta adulaciones, hurras y whiskies. Alguien observa que no hay marcas en su revólver y le propone grabar una para significar la muerte de Villagrán. Billy the Kid se queda con la navaja de ese alguien, pero dice "que no vale la pena anotar mejicanos". Ello, acaso, no basta. Bill, esa noche, tiende su frazada junto al cadáver y duerme hasta la aurora -ostentosamente.
De esa feliz detonación (a los catorce años de edad) nació Billy the Kid el Héroe y murió el furtivo Bill Harrigan. El muchachuelo de la cloaca y del cascotazo ascendió a hombre de frontera. Se hizo jinete; aprendió a estribar derecho sobre el caballo a la manera de Wyoming o Texas, no con el cuerpo echado hacia atrás, a la manera de Oregón y de California.
…El casi niño que al morir a los veintiún años debía a la justicia de los hombres veintiuna muertes -"sin contar mejicanos". 
                                                                          J.L.Borges - Historia universal de la infamia




viernes, 1 de junio de 2012

Antologías


"Nada mas poético que las transiciones y las mezclas heterogéneas" 
Esa declaración define el encanto peculiar de las antologías.
La mera yuxtaposición de dos piezas (con sus diversos climas, procederes, connotaciones) puede lograr una virtud que no logran esas piezas aisladas.
Por lo demás, copiar un párrafo de un libro, mostrarlo sólo, ya es deformarlo sutilmente. Esa deformación puede ser preciosa.

J.L.Borges