martes, 28 de febrero de 2012

Juegas todos los días….


Juegas todos los días con la luz del universo.
Sutil visitadora, llegas en la flor y en el agua.
Eres más que esta blanca cabecita que aprieto
como un racimo entre mis manos cada día.

A nadie te pareces desde que yo te amo.
Déjame tenderte entre guirnaldas amarillas.

Quién escribe tu nombre con letras de humo entre las estrellas del sur?
Ah, déjame recordarte como eras entonces, cuando  aún no existías.

De pronto el viento aúlla y golpea mi ventana cerrada.
El cielo es una red cuajada de peces sombríos.
Aquí vienen a dar todos los vientos, todos.
Se desviste la lluvia.

Pasan huyendo los pájaros.
El viento. El viento.
Yo sólo puedo luchar contra la fuerza de los hombres.
El temporal arremolina hojas oscuras,
y suelta todas las barcas que anoche amarraron al cielo.

Tú estás aquí. Ah, tu no huyes.
Tú me responderás hasta el último grito.
Ovíllate a mi lado como si tuvieras miedo.
Sin embargo alguna vez corrió una sombra extraña por tus ojos.

Ahora, ahora también, pequeña, me traes madreselvas,
y tienes hasta los senos perfumados.

Mientras el viento triste galopa matando mariposas
yo te amo, y mi alegría muerde tu boca de ciruela.

Cuánto te habrá dolido acostumbrarte a mí,
a mi alma sola y salvaje, a mi nombre que todos ahuyentan.
Hemos visto arder tantas veces el lucero besándonos los ojos
y sobre nuestras cabezas destorcerse los crepúsculos en abanicos girantes.
Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote.
Amé desde hace tiempo tu cuerpo de nácar soleado.
Hasta te creo dueña del universo.
Te traeré de las montañas flores alegres, copihues,
avellanas oscuras, y cestas silvestres de besos.

Quiero hacer contigo
lo que la primavera hace con los cerezos.


                                   Pablo Neruda – 20 poemas de amor y una canción desesperada

César

Aquí, lo que dejaron los puñales,
Aquí esa pobre cosa, un hombre muerto
que se llamaba César. Le han abierto
cráteres en la carne los metales.
Aquí la atroz, aquí la detenida
máquina usada ayer para la gloria
para escribir y ejecutar la historia
y para el goce pleno de la vida.
Aquí también el otro, el prudente
emperador que declinó laureles,
que comandó batallas y bajeles
y que rigió el oriente y el poniente.
Aquí también el otro, el venidero
Cuya gran sombra será el orbe entero.

                                               J.L.Borges

Dos de Borges y el vino


Al vino

En el bronce de Homero resplandece tu nombre
negro vino que alegras el corazón del hombre.

Siglos de siglos hace que vas de mano en mano
desde el ritón del griego al cuerno del germano.

En la aurora ya estabas. A las generaciones
le diste en el camino tu fuego y tus dones.

Junto a aquel otro río de de noche y días
corre el tuyo que aclaman amigos y alegrías,

vino que como un Éufrates patriarcal y profundo
vas fluyendo a lo largo de la historia del mundo.

En tu cristal que vive nuestros ojos han visto
una roja metáfora de la sangre de Cristo.

En las arrebatadas estrofas del sufí
eres la cimitarra, la rosa y el rubí.

Que otros en tu Leteo beban un triste olvido;
yo busco en ti las fiestas del fervor compartido.

Sésamo con el cual antiguas noches abro
y en la dura tiniebla, dádiva y candelabro.

Vino del mutuo amor o de la roja pelea,
alguna vez te llamaré. Que así sea.

                                                          


Soneto del vino

¿En que reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa
conjunción de astros, en qué secreto día
que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa
y singular idea de inventar la alegría?
Con otoños de oro lo inventaron. El vino
fluye rojo a lo largo de generaciones
como el río del tiempo y en el arduo camino
nos prodiga su música, su fuego y sus leones.
En la noche del júbilo o en la jornada adversa
exalta la alegría o mitiga el espanto
y el ditirambo nuevo que este día le canto
otrora lo cantaron el árabe y el persa.
Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia
Como si esta ya fuera ceniza en la memoria.


                                                                       J.L.Borges – El otro, el mismo

jueves, 23 de febrero de 2012

Crónicas del ángel gris - Alejandro Dolina


HISTORIAS DE AMOR

HISTORIA DEL QUE ESPERO SIETE AÑOS

Jorge Allen, el poeta, amaba a una joven pechugona de los barrios hostiles. Según supo después, alcanzo a ser feliz.
Una noche de junio, la chica resolvió abandonarlo.
- No te quiero mas - le dijo.
Allen cometió entonces los peores pecados de su vida; suplico, se humillo, escribió versos horrorosos y lloro en los rincones. La pechugona se mantuvo firme y rubrico la maniobra entreverándose con un deportista reluciente.
El poeta recobro la dignidad y empleo su tiempo en amar sin esperanzas y en recordar el pasado. Su alma se retempló en el sufrimiento y se hizo cada vez mas sabio y bondadoso.
Muchas veces soñó con el regreso de la muchacha, aunque tuvo el buen tino de no esperar que tal sueño se cumpliera.
Más tarde supo que jamás habría en su vida algo mejor que aquel amor imposible. Sin embargo, una noche de verano, siete años y siete meses después de su pronunciamiento, la pechugona apareció de nuevo.
Las lágrimas le corrían por el escote cuando le confeso al poeta:
- Otra vez te quiero.
Allen nunca pudo contar con claridad lo que sintió en aquellas horas. El caso es que volvió a su casa vacío y desengañando. Quiso llorar y no pudo. Nunca mas volvió a ver a la pechugona.
Y lo que es peor, nunca mas, nunca mas volvió a pensar en ella ni a soñar su regreso.

HISTORIA DEL QUE SE ENAMORO DE UNA NIÑA DEMASIADO JOVEN

Manuel Mandeb supo tener amores con una niña muy joven de la calle Paez.
La muchacha no hizo cuestión por la diferencia de edades y además es cierto que Mandeb era un hombre de aspecto soberbio, dentro de su sombrío estilo. Pero pronto empezaron las dificultades. Un día Mandeb insistió en caminar bajo un aguacero mientras recitaba a los gritos un soneto flamante.
Una noche le hizo el amor en la casa embrujada de la calle Campana para espantar a los demonios. A veces, en la madrugada, se trepaba hasta la ventana de la niña, en el tercer piso, y dejaba prendida una flor roja. Una tarde de invierno le hizo probar el licor del olvido y el vino del recuerdo.
En verano, le sacaba la blusa en las calles oscuras y le ponía alguna de sus gastadas camisas azules. Para su cumpleaños le regalo una sombra robada en Villa del Parque que había encerrado en una cajita de cristal. Después enseñó a todos los pájaros de Flores a cantar el nombre de la muchacha en su ventana. Entonces la niña abandono a Mandeb y comento luego a sus amistades en una pizzeria:
 -No éramos de la misma generación.


HISTORIA DEL QUE PADECIA LOS DOS MALES.

En la calle Caracas vivía un hombre que amaba a una rubia. Pero ella lo despreciaba enteramente. Unas cuadras mas abajo dos morochas se morían por el hombre y se le ofrecían ante su puerta. El las rechazaba honestamente.
El amor depara dos máximas adversidades de opuesto signo: amar a quien no nos ama y ser amados por quien no podemos amar.
El hombre de la calle Caracas padeció ambas desgracias al mismo tiempo y murió una mañana ante el llanto de las morochas y la indiferencia de la rubia.

PACTOS DIABÓLICOS EN FLORES

RUBEN GARMENDIA, EL PICAFLOR

No aprecia mal negocio el de Garmendia. Le garantizaron el amor de todas las mujeres. El tormento eterno era sin duda, un precio razonable. Todos lo recuerdan en Flores paseando con las mujeres mas hermosas de la ciudad.
Según cuentan, las muchachas lo seguían por la calle. En las confiterías, se acercaban a su mesa para ofrecérsele redondamente. Muchas veces debía arrojarse de los colectivos, huyendo del ardor de las pasajeras. Sus amigos lo abandonaron, temerosos de que sedujera a sus novias.
Sor Juana Inés de la Cruz dictamino que el amor es como la sal: dañan su falta y su sobra.
Garmendia soporto como nadie la segunda desdicha.
Sus amantes no se resignaban a la ausencia y se le aparecían en su casa llorando y arrojando piedras a las ventanas. En sus últimas épocas se lo veía perseguido por muchedumbres de damas sin consuelo que le tiraban del saco.
Para completar su desventura, se enamoro de una vecina y ya no necesito la pasión de otras mujeres. Supo además, que la chica lo amaba desde tiempos lejanos, anteriores al pacto.
Comprendió entonces que Satán era tramposo.
Se sabe que trato de disolver el vínculo, pero es poco probable que lo haya logrado.
Un marido celoso lo asesino un 25 de mayo.

RUBEN DI LEO:

Centro delantero del club Empalme San Vicente. No era literato, pero escribió un extenso volumen titulado Mis mejores Jugadas, en el que relata con estilo insufrible mas de mil quinientas acciones futbolísticas en las que aparece como protagonista.
Una de ellas tiene cierto interés para nosotros: JUGADA 304 Perrone pateo el corner desde la izquierda. Perdíamos uno a cero y faltaban dos minutos. El tiro le salió demasiado alto. Yo estaba en el área, pero ni pensé en saltar. De pronto sentí que unas manos ardientes me tomaban de la cintura y me elevaban por el aire. Así alcance una altura fenomenal, casi un metro por encima de los defensores. Misteriosamente mi cabeza choco con la pelota. Las manos me soltaron y caí despatarrado. Me aprecio escuchar el rumor de unas alas, pero fue mucho mas fuerte el grito de gol de la tribuna.
Desde ese día, cuando hay un corner trato de patearlo yo.


NIÑOS, LIBROS Y LECTURAS

EL NIÑO QUE FUE A MENOS

La señorita Claudia le pregunta a Ferro:
- ¿Quién fundó la ciudad de Asunción?
Ferro lo ignora y lo confiesa. La maestra intenta por otros rumbos.
- Tissot.
- No sé, señorita.
 - Rossi.
Silencio. El ambiente se pone pesado porque quizá la señorita Claudia enseñó aquello el día anterior.
- Maldonado.
Nada. Claudia frunce el ceño y ensaya unos reproches generales. Frezza, el tano Frezza, lo sabe de algun modo misterioso. Es extraño el camino que siguen las nociones: suelen alojarse donde menos se lo piensa.
- Nuñez. López. Dall'Asta.
Tampoco. Frezza espera, sobrador, sin levantar la mano. Cosa de manyaorejas, piensa.
La señorita Claudia se dirige a las niñas y pronuncia el nombre amado. Frezza está muy lejos para soplar y la morocha que lo enloquece no puede contestar. De pronto, la maestra lo mira.
- Frezza.
Y el niño taura, que tal vez necesita anotarse un poroto, se levanta, mira hacia el banco de la morocha y dice casi triunfal:
- No lo sé. 
Si es que nadie lo sabe estará bien no saberlo. Frezza se sienta y se oye entonces, como en una horrible blasfemia, la voz de Campos, injuriosa: 
- ¡Juan de Salazar!
Pasaron los años. La morocha no conoció el amor de Frezza ni tampoco su gesto elegante y generoso. Si alguien califica estas lecciones en alguna Libreta Celeste, Frezza tendrá un nueve. Y si ni siquiera existe esa Libreta, entonces tendrá un diez.


martes, 21 de febrero de 2012

Noche Vudú


Había un lugar olvidado por dios
y a causa de eso pudieron lograr
que el sacerdocio formara un club
donde se toca y baila rock and roll.

Sin haber leyes para la función,
de trago en trago bajaba el buffet.
Enloquecida y sin contención
se perfilaba la noche vudú.
No había muerto sin revivir,
ni sacrificio faltó en el altar,
absorto en el trance aquel tren
viajaba al ritmo de la perdición.

Hasta que un día alguien vino a moldear
un vaticano con un cabaret,
lleno de oro y con libros de amor,
se puso en claro quien tendría el poder.

Al hombre no se lo debe engañar
y hay que ajustarlo con la prohibición,
debe saber quien lo va a perdonar
por el pecado que cometió.

Ahora que el mundo se siente tan bien
y puso sus penas en esta prisión
hay muchos fieles que quisieran saber
donde festejan la noche vudú.
                                                                                        La Renga

Ray Bradbury


-         ¿Vio algo raro por estos lugares?
-         Una falange romana de cuarenta hombres iba marchando por allá. Un gorila, cabeza en mano, se dirigía corriendo al escenario 10. En el baño los hombres echaron a patadas a un director homosexual. Judas está de huelga, porque pide más metal allá, en Galilea. No, no. No me atrevería a decir que ocurre algo raro o especial.

Ray Bradbury – Cementerio para lunáticos


-         Cada vez que la humanidad actúa de manera abominable yo me siento feliz.
-         ¿No lo hacen feliz las cosas buenas? ¿Los artistas, los creativos?
-         No, no. Eso me deprime. Un claro en el bosque de estupideces humanas. Afortunadamente el hecho de que haya algunos tontos e ingenuos que arruinan el paisaje con sus rosas recién cortadas y sus artes llenos de vida sólo ponen de manifiesto a los trogloditas, a los gusanos diminutos y a las víboras reptando que aceitan las maquinarias del submundo y permiten llevar el mundo a la ruina.
                                             
                                         Ray Bradbury – Cementerio para lunáticos





     El vino de diente de león.

     Las palabras sabían a verano. El vino era verano encerrado y taponado. Y ahora que Douglas sabía, realmente sabía, que estaba vivo, y se movía en el mundo para verlo y tocarlo, convenía que algo de este nuevo conocimiento, algo de este especial día de vendimia, fuera apartado y sellado, y abierto luego un día de enero, cuando nevara rápidamente y el sol estuviese oculto desde semanas o meses atrás, y el milagro, en parte olvidado, necesitara renovarse. Sería aquel un verano de insospechables maravillas, y Douglas quería que lo conservaran y ordeñaran. En cualquier momento bajaría de puntillas a ese húmedo crepúsculo y acercaría las puntas de los dedos.

     Y allí, hilera sobre hilera, con el color suave de las flores que se abren a la mañana, con la luz del sol de junio tras una débil película de polvo, estaría el vino. Y al mirar el día invernal a través de la botella... la nieve se fundiría en pastos, en los árboles vivirían otra vez pájaros, hojas, y capullos, como un continente de mariposas que se alzara al viento. Y el cielo acerado sería azul.

     Ten el estío en la mano, sírvete un poco de estío, un vasito nada más por supuesto, un sorbito para niños; cambia la estación en tus venas llevándote el vaso a los labios y empinando el estío.

—     Listo. Ahora, ¡el barril de lluvia!

     Nada podía reemplazar esas aguas puras, convocadas en lagos lejanos y dulces campos de hierbas cubiertas de rocío en la mañana temprana. Aguas alzadas al cielo, llevadas como ropa lavada a lo largo de mil kilómetros, cepilladas con el viento, electrificadas con altos voltajes, y condensadas en un aire frío. Aguas que caen en lluvias, y traen el cielo en sus cristales. Con algo del viento del este y del oeste, y del viento del norte y el sur, el agua se hace lluvia, y la lluvia, en la hora de los ritos, se hace vino.
     Douglas corrió con el cucharón. Lo hundió en el tonel de agua de lluvia.

—     ¡Allá vamos!

     El agua era seda en la cuchara; seda clara, débilmente azul. Dulcificaba los labios, la garganta, el corazón. Había que llevarla en cucharones y baldes al sótano, y allí se volcaría en avenidas, en corrientes montañosas, sobre la florida cosecha.
     
     Hasta la abuela, cuando nieve girase en rápidos torbellinos, mareando el mundo, cegando ventanas, robando el aliento a las bocas jadeantes, hasta la abuela, un día de febrero, desaparecería en el sótano.
    Arriba, en la casa grande, habría toses, estornudos, ronqueras, gemidos, fiebres infantiles, gargantas rojas como carne cruda, narices como cerezas en conserva, microbios en todas partes.

     Entonces, saliendo del sótano como una diosa de junio, la abuela vendría, con algo oculto pero obvio bajo el chal tejido. Lo llevaría a las miserables habitaciones de abajo y arriba, y su aroma y claridad llenarían las copas, y se bebería de un trago. Las medicinas de otro tiempo, el sol balsámico de las ociosas tardes de agosto, el débil ruido de los carros de hielo por las calles de ladrillo, el susurro de los plateados cohetes, y las fuentes de las cortadoras de césped sobre países de hormigas, todo, todo en un vaso.

     Sí, hasta la abuela escaparía al sótano del invierno para una aventura de junio. Se quedaría allá abajo, sola y callada, como el abuelo, o el padre, o el tío Bert, o algún pensionista, y comulgaría con las últimas huellas de un tiempo de picnics y cálidas lluvias, y campos perfumados de trigo, el maíz nuevo y el heno de cabeza inclinada.

     Hasta la abuela repetiría y repetiría las palabras doradas y hermosas, como si estuviese diciéndolas en ese mismo momento, cuando las flores estaban aún en la prensa, como serían repetidas todos los años, todos los blancos inviernos del tiempo. Las diría y las diría, y serían en sus labios como una sonrisa, como un repentino rayo de sol en la sombra.

    El vino del estío. El vino del estío. El vino del estío.


Ray Bradbury – El vino del estío



Lovecraft


En el ataúd había un amuleto de exótico diseño que, al parecer, estuvo colgado del cuello del durmiente. Representaba a un sabueso alado, o a una esfinge con un rostro semicanino, y estaba exquisitamente tallado al antiguo gusto oriental en un pequeño trozo de jade verde. La expresión de sus rasgos era sumamente repulsiva, sugeridora de muerte, de bestialidad, y de odio…

                                                        El sabueso – H.P.Lovecraft



Infeliz el que mira para atrás y no ve más que horas de soledad en amplias y lúgubres estancias con negras colgaduras y enloquecedoras hileras de libros antiguos; o aquel que ve espantosas vigilias entre árboles sombríos y grotescos, verdaderos gigantes que agitan silenciosamente sus retorcidas ramas. 
Esto es los que los dioses me dieron a mi…

                                                        El extraño – H.P. Lovecraft