lunes, 25 de junio de 2012

La causa de los peces


Es un impulso común en los padres intentar aislar a nuestros hijos de la maldad del mundo, pero luego nos damos cuenta que en algún momento de sus vidas deberán enfrentarse solos a su crueldad, que nosotros no vamos a estar ahí, y que lo mejor para ellos es que vayan conociendo la miseria y la maldad del mundo de los grandes. Este cuento lo retrata a la perfección. 


Yo tendría cinco o seis años. Era la época en que pasábamos los fines de semana en una casita cercana a la laguna de Lobos: mis padres, mi hermana y yo. Los sábados, papá me llevaba a caminar rumbo a la laguna. Me recuerdo a caballo de sus hombros, recorriendo caminos de tierra en atardeceres luminosos, en busca de nuevos senderos hacia la playita pedregosa, en la que nos tirábamos boca arriba, a mirar el cielo. A veces, permanecíamos allí hasta la noche. Jugábamos a cazar estrellas. Papá me había enseñado a identificar las Tres Marías, la Cruz del Sur, el Lucero.Otras, simplemente nos sentabamos en el muelle a esperar la caída del sol, sumidos en la placidez transmitida por las aguas mansas, en una intimidad sólo alterada, de tanto en tanto, por el chapoteo de las líneas lanzadas por los pescadores.

Ambos compartíamos un secreto: la causa de los peces. Es decir, éramos hinchas de quienes estaban del otro lado de la tanza, de los más débiles. Cuántas veces presenciábamos la lucha sólo visible por la danza primitiva de un hombre contorsionándose alrededor de una caña arqueada, con el deseo de que el anzuelo se hubiera clavado en una lata, o en un junco. Y la congoja frente a los brincos de agonía de pejerreyes, bagres y tarariras que habían mordido la carnada.

Después, papá volvería canturreando una melodía pegajosa, un tango quizás, con la voz aflautada, el tono agudo, agitando el dedo índice como una batuta, aunque a mí me pareciera una varita mágica. Y yo caminaba a su lado, a veces, buscando piedritas uniformes para jugar a La Payana. Piedras chiquitas, para que mi mano diestra, de una vez por todas, pudiera agarrar más de dos. También podía pasar que volviéramos barriendo nuestras pisadas con una rama, para despistar al enemigo imaginario, o yo inclinándome sobre ella, como un boy scout en la búsqueda de un tesoro.

Una noche, apurábamos el retorno; debíamos detenernos a comprar tomates de la huerta de doña Inés. Ya con la bolsa llena, dejamos atrás las chacras, las quintas, hasta que el paisaje iba perdiendo su fisonomía rural, para transformarse en un caserío raleado. Como de costumbre, papá iba hablándome. Nunca recuerdo de qué pero, tal cual sucede con la música, no importa tanto la letra, sino la melodía, el ritmo. Me es imposible rememorar algún diálogo, pero sí recuerdo que papá me explicaba cosas; contento, sonriente. Yo lo escuchaba fascinado.

Un aullido lacerante nos paralizó. Provenía del jardín por cuyo frente caminábamos. Miramos hacia dentro con la poca luz que permitía un farol a gas, bamboleándose sobre un madero. Entonces, vi a un hombre apaleando brutalmente a un perro. El pobre animal estaba atado, tirado en el suelo, y el hombre lo azotaba con una caña, una y otra vez, mientras se confundían dos quejas: los insultos y los ladridos lastimosos. Así lloran los perros, creí pensar. Casi instintivamente quise arrojarme sobre el cerco; solamente recuerdo mi desesperación por la suerte del animal que se retorcía en el suelo, mientras aquel bruto parecía cebado en una violencia sin fin. Creo que empecé a gritarle algo. Fue entonces cuando papá me tomó los hombros, con un ademán que me confundió: me clavó en el piso mirando hacia la escena. En ese momento sentí que me obligaba a ver lo que estaba sucediendo. Alcancé a girar la cabeza para implorarle, con los ojos, primero, y con palabras, después.

La percepción se diluye en el sentimiento. Los contornos se evaporan aunque todavía tengo presente que, cuando el hombre se percató de nuestra presencia, nos desafió con un gesto mientras continuaba vapuleando el cuerpo del animal. Entonces papá simplemente me dijo: "Vamos hijo. El señor es el dueño del perro".

Volví con la cabeza gacha, sin pronunciar palabra. Tampoco papá tuvo ganas de hablar. Los dos sentíamos que nuestro mundo perfecto se había partido. La causa de los peces estaba perdida.

Pasaron semanas sin que volviéramos a la laguna. Poco a poco, las cosas retornaron a la normalidad. Sin embargo, años más tarde, me pregunté si aquella vez mi padre había actuado con cobardía o con crueldad.

El ruido de otra piedra que cayó a mi lado me devolvió al presente. Corrí hacia mi hija, que ajena jugaba en un improvisado sube y baja, hecho con un tronco y un tacho. La bajé a la fuerza y la apreté contra mi pecho, con la intención de protegerla. Allí estaría a salvo. Entonces, comprendí. Y la espina clavada durante años se deshizo en llanto.

                                                                                                     Alberto Tarsitano

domingo, 17 de junio de 2012

Demolición de un mejicano



La Historia (que, a semejanza de cierto director cinematográfico, procede por imágenes discontinuas) propone ahora la de una arriesgada taberna, que está en el todopoderoso desierto igual que en alta mar. El tiempo, una destemplada noche del año 1873; el precisó lugar, el Llano Estacado (New Mexico). La tierra es casi sobrenaturalmente lisa, pero el cielo de nubes a desnivel, con desgarrones de tormenta y de luna, está lleno de pozos que se agrietan y de montañas. En la tierra hay el cráneo de una vaca, ladridos y ojos de coyote en la sombra, finos caballos y la luz alargada de la taberna. Adentro, acodados en el único mostrador, hombres cansados y fornidos beben un alcohol pendenciero y hacen ostentación de grandes monedas de plata, con una serpiente y un águila. Un borracho canta impasiblemente. Hay quienes hablan un idioma con muchas eses, que ha de ser español, puesto que quienes lo hablan son despreciados. Bill Harrigan, rojiza rata de conventillo, es de los bebedores. Ha concluido un par de aguardientes y piensa pedir otro más, acaso porque no le queda un centavo. Lo anonadan los hombres de aquel desierto. Los ve tremendos, tempestuosos, felices, odiosamente sabios en el manejo de hacienda cimarrona y de altos caballos. De golpe hay un silencio total, sólo ignorado por la desatinada voz del borracho. Ha entrado un mejicano más que fornido, con cara de india vieja. Abunda en un desaforado sombrero y en dos pistolas laterales. En duro inglés desea las buenas noches a todos los gringos hijos de perra que están bebiendo. Nadie recoge el desafío. Bill pregunta quién es, y le susurran temerosamente que el Dago -el Diego- es Belisario Villagrán, de Chihuahua. Una detonación retumba en seguida. Parapetado por aquel cordón de hombres altos, Bill ha disparado sobre el intruso. La copa cae del
puño de Villagrán; después, el hombre entero. El hombre no precisa otra bala. Sin dignarse mirar al muerto lujoso, Bill reanuda la plática. "¿De veras?", dice (Is that so?, he drawled.). "Pues yo soy Bill Harrigan, de New York." El borracho sigue cantando, insignificante.
Ya se adivina la apoteosis. Bill concede apretones de manos y acepta adulaciones, hurras y whiskies. Alguien observa que no hay marcas en su revólver y le propone grabar una para significar la muerte de Villagrán. Billy the Kid se queda con la navaja de ese alguien, pero dice "que no vale la pena anotar mejicanos". Ello, acaso, no basta. Bill, esa noche, tiende su frazada junto al cadáver y duerme hasta la aurora -ostentosamente.
De esa feliz detonación (a los catorce años de edad) nació Billy the Kid el Héroe y murió el furtivo Bill Harrigan. El muchachuelo de la cloaca y del cascotazo ascendió a hombre de frontera. Se hizo jinete; aprendió a estribar derecho sobre el caballo a la manera de Wyoming o Texas, no con el cuerpo echado hacia atrás, a la manera de Oregón y de California.
…El casi niño que al morir a los veintiún años debía a la justicia de los hombres veintiuna muertes -"sin contar mejicanos". 
                                                                          J.L.Borges - Historia universal de la infamia




viernes, 1 de junio de 2012

Antologías


"Nada mas poético que las transiciones y las mezclas heterogéneas" 
Esa declaración define el encanto peculiar de las antologías.
La mera yuxtaposición de dos piezas (con sus diversos climas, procederes, connotaciones) puede lograr una virtud que no logran esas piezas aisladas.
Por lo demás, copiar un párrafo de un libro, mostrarlo sólo, ya es deformarlo sutilmente. Esa deformación puede ser preciosa.

J.L.Borges    

martes, 29 de mayo de 2012

E. A. Poe - La máscara de la Muerte Roja


“…Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.
Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.
-¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!
Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.
Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.
Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caida. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.

E. A. Poe - El Cuervo



Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
 espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir granzando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira

que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!




La Grange - ZZ Top


Rumour spreadin' a-'round in that Texas town
'bout that shack outside La Grange

and you know what I'm talkin' about.
Just let me know if you wanna go
to that home out on the range.
They gotta lotta nice girls ah.

Have mercy.
A haw, haw, haw, haw, a haw.
A haw, haw, haw.

Well, I hear it's fine if you got the time
and the ten to get yourself in.
A hmm, hmm.
And I hear it's tight most ev'ry night,
but now I might be mistaken.

hmm, hmm, hmm.

Ah have mercy.

- Billy Gibbons, Dusty Hill & Frank Beard


 Un rumor se esparce por todo ese pueblo de Texas
sobre un tugurio en las afueras de La Grange

y tu sabes bien de lo que estoy hablando
Solo hazme saber si quieres ir ahí
A ese “hogar” afuera de los limites
Tienen un montón de chicas guapas .Ah

Ten piedad
A haw, haw, haw, haw, a haw.
A haw, haw, haw.

Bueno escuche que está muy bien, si es que tienes el tiempo
y los diez para poder entrar
A hmm, hmm.
Y escuché que se llena casi todas las noches
Pero en esta ocasión puedo estar equivocado
hmm, hmm, hmm.

Ah, Ten piedad






Ayer pasé por el cabaret...y lo miré con cariño...
                                                                                            Pappo 


jueves, 24 de mayo de 2012

Les Luthiers - Juegos de palabras


El célebre compositor Johann Sebastián Mastropiero, en busca de inspiración realizó un viaje al Oriente Medio, a las calurosas regiones de “Uf Al-Sudar”.
 Allí, una leve indisposición del jeque motivó que Mastropiero fuera recibido por Abdul, el anciano Imán de la mezquita principal. El Imán Abdul se presentó ante Mastropiero y le dijo: “Maestro, hoy yo seré su anfitrión porque a mi jefe el jeque lo aqueja la jaqueca”.
 El Imán Abdul poseía una personalidad magnética, como todos los imanes.
 Según le explicó a Mastropiero, los musulmanes más fanáticos eran llamados “Muy-sulmanes”; y por el contrario los que sólo cumplían en parte los preceptos de Mahoma eran “Ma-o-menos”.
 También le contó que los beduinos provenían algunos de ciertos oasis poblados y otros de ciertos desiertos desiertos.
 Mastropiero se despidió de Abdul y se dirigió al encuentro de una tribu de beduinos con los que convivió durante varias semanas. Los miembros de la tribu eran nómades por partida doble; eran nómades porque deambulaban sin residencia fija y porque eran no más de... cincuenta o sesenta beduinos.
 En dicha tribu se disputaban el mando dos jeques hermanos: Mohamed, el grande y Nomemohes, chico.
 El jeque Nomemohes estaba por contraer enlace y le encargó a Mastropiero la obra que escucharemos a continuación: la serenata que cantó el novio la víspera de la boda.

                                                                                                    Serenata medio oriental

 
El juglar Ludovico trata de escalar el muro de su amada Leonora y cantarle su aria de amor.
Ludovico trepa, teme, tiembla, lo cual se descubre, ingeniosamente insinuado, por los contrastantes motivos rítmicos, por la exuberante orquestación y porque Ludovico dice: trepo, temo, tiemblo.
De pronto, el juglar es sorprendido por el padre de la niña, quien corta la escala.
Los acontecimientos se precipitan.
Sin embargo, Ludovico insiste en llegar hasta su amada.
Él quiere cantarle su aria de amor y solamente eso.
Aunque cada vez piensa menos en cantar y más en solamente eso.

                                                                                         Voglio entrare per la finestra 

 
Cierta vez le encargaron a Mastropiero una partitura para la solemne y prestigiosa entrega de premios de epistemología de la Universidad de la Sorbona, en París.
 Mastropiero aceptó pero un equívoco hizo que su obra tuviera más repercusión que la esperada.
Cuando le fue encargada una obra “para la Sorbona”, Mastropiero entendió “para las hormonas”…
Y en vez de una obertura académica compuso una cumbia…
Una cumbia en la que incluyó algunos nombres de filósofos y epistemólogos, que le habían suministrado con el encargo.
Luego de la sorpresa inicial del calificado auditorio, Mastropiero fue reputado de inculto. Y de ese modo, fue reputado por todos…
Este error de Mastropiero le cerró las puertas de los círculos filosóficos, pero le abrió un enorme prestigio en las más renombradas bailantas. Sobre todo porque esa cumbia, “Dilema de amor”, se convirtió en el gran éxito del popular grupo “Los Brillantes”.
                     
                                                                                                                     Dilema de amor


La zamba "Añoralgias" ha sido recopilada por un gran investigador de nuestro folklore. Un hombre nacido en el norte:
El noruego Sven Kundsen.
¡El payo Kundsen!
A pesar de su origen escandinavo, Kundsen amaba a nuestra tierra.
Solía decir: "Yo soy más criollo que el bacalau".
“… A su iniciativa debemos el simposio interdisciplinario que reunió a folkloristas y ginecólogos. El tema era "La relación entre el examen de mama …y el alazán de Tata".

                                                                                                                        Añoralgias
 
"El Vals del Segundo" añade a su riqueza temática y formal, que se manifiesta ya desde el primer compás, un indudable valor musicológico.
 En el trabajo de investigación previa los compositores consultaron viejas partituras de la Belle Epoque y descubrieron con sorpresa que la tonalidad era la misma en todas: blanco amarillenta.
  Para su ejecución se emplea habitualmente una orquesta limitada, pudiendo modificarse sensiblemente con una orquesta buena.
 "El Vals del Segundo" comienza con un portato assai.
El segundo tiempo es un deciso e a terra col battere, en el cual se plantea el desarrollo ulterior de la obra plácidamente, en forma muy tensa, con total serenidad, agitadamente, en una paz plena, turbulenta, creando un clima calmo, caótico, definiendo indubitablemente la intención de los autores, de alguna manera.
 Sigue el intermezzo, compuesto sobre un esquema en el cual las figuras predominantes son negras, como en el Jazz.
 El intermezzo desemboca en el tiempo siguiente, que por otra parte era la única posibilidad. Se trata del levare languente, que establece una atmósfera de bacanal. Las cuerdas cantan, ebrias de gozo, mientras los oboes se superponen a las flautas…
 El desenlace es abrupto: un pizzicatto tanto de ritmo alocado, paradójicamente a cargo de las cuerdas…
 La agrupación bien antigua de Les... la agrupación Viena Antigua de Les Luthiers ejecuta "El Vals del Segundo"

                                                                                                                El Vals del Segundo


 
La siguiente obra del presente recital ilustra un período poco conocido de la juventud
de Johann Sebastian Mastropiero.
 Todo empezó cuando un conocido crítico se resfrió...
se refirió, se refirió a Mastropiero. Con esto termino...
Con estos términos... con estos términos... claro, le falta el…
términos... no le han puesto el... arriba de la "t", no tiene el..
la diéresis, no le han puesto la diéresis. Es un error de lipotimia...
 Mastropiero se ha creado fama de artista espiritual, pero come todo...
pero come de todo... pero con métodos…
con métodos pocos... claro... claros... con métodos poco claros.
  Podríamos llegar a admirarlo siempre, ¿y cuándo tomaremos?...
siempre y cuando tomáramos en cuenta su tenaza...
su tenaza ambición, son dos palabras: "tenaza", “ambición".
 En los más "prestrigriosos" foros internaciona...
en los más prestigriosos foros, prestigriosos foros inter.,
en los prestri, en los más prestrigri, prestigri, prestrigri…
En los más famosos foros internacionales... en que estuve excitado…
en que estuve he citado, muchas veces, ¿eh?...
muchas veces he citado el fracaso de su operación.
El fracaso de su ópera "Sión y el judío era antes".
"Sión y el judío errante", que se basaba en una vieja leyendo ebria...
una vieja leyenda hebrea... me di cuenta enseguida…no podía ser...
Siempre dije: ¡qué dicha!...
Que dicha ópera no describe con acierto los sexos, dos…
los dos sexos... los éxodos de dicho pueblo.
 Y por eso Mastropiero soportó, ¿ha batido un huevo?
soportó abatido un nuevo fracaso.
 Por esos días Mastropiero enfrentó grandes problemas, chocó con la bici...
con las vicisitudes más adversas,
¿qué le tocaron?... que le tocaron en suerte...
vivía acostado por las dudas... vivía acosado por las deudas…
 Por esos tiempos conoció a los condes de Freistadt,
y cuando ya no podía más sacudió a la condesa…
acudió a la condesa, que era la persona... ¿y doña?..
que era la persona idónea...
La condesa se apiadó de él y le acostó un viejo...
Le costeó un viaje a Nueva York.
Allí Mastropiero compuso la pieza que escucharemos a continuación:
su célebre "Lazy Daisy".
 Aquí termina la anécdota, pero él te mató...
da vía, da... ¡pará!... más...
¡Pero el tema todavía da para más!
 Esto es, ¿todo? ¿todo?... esto es: todo, todo esto, esto es, todo es,
todo esto, esto todo esto, ¿qué es esto? ¿qué es esto?
este esto es toso, toso, ese soto es eso, ese seso es soto,
todo soso, ¿ese té es de  totó? ¿o se destetó todo teté?
totó, totó, ese.... ¡ah!... ¡esto es todo!

                                                            Daniel Ravinovich presentando "Lazy Daisy"