lunes, 8 de julio de 2013

Arco iris



A veces
por supuesto
usted sonríe
y no importa lo linda
o lo fea
lo vieja
o lo joven
lo mucho
o lo poco
que usted realmente
sea
sonríe
cual si fuese
una revelación
y su sonrisa anula
todas las anteriores
caducan al instante
sus rostros como máscaras
sus ojos duros
frágiles
como espejos en óvalo
su boca de morder
su mentón de capricho
sus pómulos fragantes
sus párpados
su miedo
sonríe
y usted nace
asume el mundo
mira
sin mirar
indefensa
desnuda
transparente
y a lo mejor
si la sonrisa viene
de muy
de muy adentro
usted puede llorar
sencillamente
sin desgarrarse
sin deseperarse
sin convocar la muerte
ni sentirse vacía
llorar
sólo llorar
entonces su sonrisa
si todavia existe
se vuelve un arco iris.
Mario Benedetti

Al triste - Borges

Ahí está lo que fue: la terca espada
del sajón y su métrica de hierro,
los mares y las islas del destierro
del hijo de Laertes, la dorada
luna del persa y los sin fin jardines
de la filosofía y de la historia,
el oro sepulcral de la memoria
y en la sombra el olor de los jazmines.

Y nada de eso importa. El resignado
ejercicio del verso no te salva
ni las aguas del sueño ni la estrella
que en la arrasada noche olvida el alba.

Una sola mujer es tu cuidado,
igual a las demás, pero que es ella.

viernes, 5 de abril de 2013

El amenazado - J. L. Borges



Es el amor. Tendré que ocultarme o huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado,
pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes:
el ejercicio de las letras,
la vaga erudición
el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte
para cantar sus mares y sus espadas,
la serena amistad,
las galería de las bibliotecas
las cosas comunes,
los hábitos
el joven amor de mi madre,
la sombra militar de mis muertos,
la noche intemporal,
el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo,
es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente,
ya el hombre se levanta a la voz del ave,
ya se han oscurecido los que miran por la ventana,
pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor:
la ansiedad y el alivio de oír tu voz,
la espera y la memoria
el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías,
con su pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos que cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Ya coincidirá



El tiempo habló y ya no puedo verte,
pero ya coincidirá mi mirada con tu sonrisa,
mi alegría con tu júbilo, mi esperanza con tu presencia,
mis caricias con tu inocencia, y mi calma con tu prisa.
Ya coincidirán mis labios y tu voz, mi timidez y tu pudor,
mis pasos y tu camino, mi futuro y tu destino, mi acierto y tu error,
ya coincidirán mis brazos y tu espalda, tu paisaje y mis colores,
mi nariz y tus olores, ya coincidirá el amor.

Se encontrarán tu soledad y mi cama, mi después y tu tal vez,
mi yo quiero y tu querer, mi mañana y tu despertar,
 tu sol y mi ventana, en una almohada una mirada,
tu compañía y mi intimidad.
Ya se encontrarán mis dudas y tus respuestas,
tu belleza y mi admiración, tus oídos y mi canción,
mi poema y tu lectura, tu rechazo y mi venganza,
mi promesa y tu petición, un día se encontrará la verdad y esta declaración.

–Tony Hr

viernes, 18 de enero de 2013

Epitafio para un ejército de mercenarios



Estos, el día en que se derrumbaba el cielo,
en la hora en que se hundían los cimientos de la Tierra,
siguieron su vocación mercenaria:
recibieron su paga y están muertos.

Sostuvieron el cielo suspendido de sus hombros;
porque ellos resistieron, resisten los cimientos de la Tierra.
lo que abandonó Dios, ellos lo defendieron,
y lo salvaron todo por dinero.

A.H. Housman



Publicado en The Times el 31 de octubre de 1917, en memoria del The Shetland Convoy, integrado por unidades mercenarias de Bélgica, Francia e Inglaterra, que sucumbieron heroicamente en la primera y decisiva batalla de Ypres, al comienzo de la Gran Guerra, en octubre y noviembre de 1914.


Epitaph on an Army of Mercenaries

These, in the day when heaven was falling,
The hour when earth’s foundations fled,
Followed their mercenary calling,
And took their wages, and are dead.


Their shoulders held the sky suspended;
They stood, and earth’s foundations stay;
What God abandoned, these defended,
And saved the sum of things for pay.



El pudor de la historia





“… Otra jornada histórica he descubierto en el curso de mis lecturas. Ocurrió en Islandia, en el siglo XIII de nuestra era; digamos, en 1225. Para enseñanza de futuras generaciones, el historiador y polígrafo Snorri Sturluson, en su finca de Borgarfjord, escribía la última empresa del famoso rey Harald Sigurdarson, llamado el Implacable (Hardrada), que antes había militado en Bizancio, en Italia y en África. Tostig, hermano del rey sajón de Inglaterra, Harold Hijo de Godwin, codiciaba el poder y había conseguido el apoyo de Harald Sigurdarson. Con un ejército noruego desembarcaron en la costa oriental y rindieron el castillo de Jorvik (York). Al sur de Jorvik los enfrentó el ejército sajón. Declarados los hechos anteriores, el texto de Snorri prosigue:

“Veinte jinetes se allegaron a las filas del invasor; los hombres, y también los caballos, estaban revestidos de hierro. Uno de los jinetes gritó:
—    ¿Está aquí el conde Tostig?
—    No niego estar aquí —dijo el conde.
—    Si verdaderamente eres Tostig —dijo el jinete— vengo a decirte que tu hermano te ofrece su perdón y una tercera parte del reino.
—    Si acepto —dijo Tostig— ¿qué dará al rey Harald Sigurdarson?
—    No se ha olvidado de él —contestó el jinete—. Le dará seis pies de tierra inglesa y, ya que es tan alto, uno más.
—    Entonces —dijo Tostig— dile a tu rey que pelearemos hasta morir.
Los jinetes se fueron. Harald Sigurdarson preguntó, pensativo:
—    ¿Quién era ese caballero que habló tan bien?
— Harold Hijo de Godwin.”

Otros capítulos refieren que antes que declinara el sol de ese día el ejército noruego fue derrotado. Harald Sigurdarson pereció en la batalla y también el conde (Heimskringla, X, 92).

Hay un sabor que nuestro tiempo (hastiado, acaso, por las torpes imitaciones de los profesionales del patriotismo) no suele percibir sin algún recelo: el elemental sabor de lo heroico. Me aseguran que el Poema del Cid encierra ese sabor; yo lo he sentido, inconfundible, en versos de la Eneida (“Hijo, aprende de mí, valor y verdadera firmeza; de otros, el éxito”), en la balada anglosajona de Maldon (“Mi pueblo pagará el tributo con lanzas y con viejas espadas”), en la Canción de Rolando, en Víctor Hugo, en Whitman y en Faulkner (“la alhucema, más fuerte que el olor de los caballos y del coraje”), en el Epitafio para un ejército de mercenarios de Housman, y en los “seis pies de tierra inglesa” de la Heimskringla.

Detrás de la aparente simplicidad del historiador hay un delicado juego psicológico. Harold finge no reconocer a su hermano, para que éste, a su vez, advierta que no debe reconocerlo; Tostig no lo traiciona, pero no traicionará tampoco a su aliado; Harold, listo a perdonar a su hermano, pero no a tolerar la intromisión del rey de Noruega, obra de una manera muy comprensible. Nada diré de la destreza verbal de su contestación: dar una tercera parte del reino, dar seis pies de tierra.

Una sola cosa hay más admirable que la admirable respuesta del rey sajón: la circunstancia de que sea un islandés, un hombre de la sangre de los vencidos, quien la haya perpetuado. Es como si un cartaginés nos hubiera legado la memoria de la hazaña de Régulo. Con razón escribió Saxo Gramático en su Gesta Danorum: “A los hombres de Thule (Islandia) les deleita aprender y registrar la historia de todos los pueblos y no tienen por menos glorioso publicar las excelencias ajenas que las propias”.

No el día en que el sajón dijo sus palabras, sino aquel en que un enemigo las perpetuó marca una fecha histórica. Una fecha profética de algo que aún está en el futuro: el olvido de sangres y de naciones, la solidaridad del género humano. La oferta debe su virtud al concepto de patria; Snorri, por el hecho de referirla, lo supera y trasciende.
Otro tributo a un enemigo recuerdo en los capítulos últimos de los Seven Pillars of Wisdom de Lawrence; éste alaba el valor de un destacamento alemán y escribe estas palabras: “Entonces, por primera vez en esa campaña, me enorgullecí de los hombres que habían matado a mis hermanos”. Y agrega después: “They were glorious “.

                                                                                          J.L.Borges

martes, 15 de enero de 2013

El Necronomicón y otros libros apócrifos




De haber existido, el Necronomicón sería el best-seller de los libros jamás escritos. Encuadernado en piel humana y escrito con sangre, el Necronomicón era un supuesto códice ocultista para invocar a los primordiales, entidades demoníacaón del ser humano. El ficticio autor de tan macabra obra era Abdul Alzareh, un árabe del siglo XII, que enloqueció tras pasar cuatro años vagando por unas cuevas subterráneas, donde se supone que habÌa descubierto la existencia de ìlos primordiales. La primera persona que mencionó el Necronomicón fue el escritor Howard Philip Lovecraft en su relato "La llamada de Cthulhu", publicado en 1922. Las referencias a este libro blasfemo y maldito (con la facultad de enloquecer a todo desdichado que osara leerlo) fueron constantes en la obra del escritor de Providence. Constantes y minuciosas, ya que Lovecraft llegó incluso a escribir la cronología del Necronomicón, en la que detalló cómo, a través de los siglos, fue pasando por las manos de diversos personajes (monjes, traductores, coleccionistas...) hasta acabar desapareciendo misteriosamente. Como era de esperar, los rastreadores de rarezas se pusieron tras la pista del libro. 

Una pista que no conducía a ninguna parte, ya que, como el propio Lovecraft confesó en 1943 en una carta a su editor, el libro blasfemo no existía; era una invención suya, para darle credibilidad a sus relatos terroríficos. Pero la confesión del propio Lovecraft no sirvió para poner fin a la leyenda, ya que muchos aficionados a la literatura de terror siguieron creyendo en la existencia del libro. 

Jorge Luis Borges confesó cómo con dieciséis años, fascinado por la obra de Lovecraft, recorrió las bibliotecas de Buenos Aires buscando el libro maldito. Lógicamente, no lo encontró; pero, ya que no pudo volver a su casa con un libro de recetas mágicas, lo hizo con otro de recetas de cocina, para que la salida no hubiera sido en vano. 

La anécdota de Borges ejemplifica la fascinación que el "Necronomicón" ha ejercido y ejerce sobre miles de lectores. Fascinación que compartió René Chalbaud, catedrático de Literatura de La Sorbona de París, a quien en 1971 casi le dio un síncope cuando en la biblioteca de la Universidad encontró una amarillenta ficha que indicaba que existía un ejemplar del libro entre los fondos sin clasificar. La noticia corrió como la pólvora, y a la Universidad acudieron decenas de investigadores atraídos por el hallazgo, como moscas a la miel. Debió ser divertido ver la expresión de sus rostros cuando descubrieron que todo había sido una broma de un alumno con ganas de burlarse de sus mayores.



La biblioteca de Sherlock Holmes

Una de las bibliotecas imaginarias más famosas está en Londres, en el 221 B de Baker Street, donde residía Sherlock Holmes, el detective de ficción creado por Arthur Conan Doyle. Holmes (según los relatos de Doyle) empleaba su tiempo libre en tocar el violín, en dormitar bajo los efectos de la morfina, y en escribir tratados en los que compilaba su sabiduría. Entre las obras supuestamente escritas por el detective figuran títulos como El arte de las pesquisas, Sobre las diferencias entre las cenizas de diversos tabacos, La utilidad de los perros en el trabajo del detective y Acerca de la escritura críptica. Ninguno de estos libros existe, pero, de haber sido reales, hoy serían clásicos de la criminología.



El catálogo de John Donne

En 1650, el poeta británico John Donne publicó un catálogo, que tituló "Catalogus librorum aulicorum incomparabilium et non vendibilium", y formado por treinta y cuatro volúmenes imaginarios atribuidos a autores célebres (como Pitágoras) y con tÌtulos tan apetecibles como "Propuesta para la eliminación de la partícula no de los Diez Mandamientos", supuestamente escrito por el padre del protestantismo, Martín Lutero. Cómo se aprecia, la imaginación no escaseaba en aquellos tiempos.

El catálogo del conde Fortsas

En 1840 comenzó a circular por las librerías de Bélgica y Francia un catálogo formado por cincuenta y dos incunables literarios, que incluía obras atribuidas a Cicerón. Aquel tesoro (el sueño de todo coleccionista) provenía de la biblioteca del conde J. N. A Fortsas, e iba a subastarse el 10 de agosto en el despacho del notario de Binche, una pequeña y apacible localidad belga. Llegó el dÌa, y un buen número de libreros y coleccionistas de toda índole se dieron cita en Binche. Pero cuál no sería su sorpresa al descubrir que en el pueblo no vivía notario alguno, y que nadie había oído hablar de una subasta. Todo había sido una broma pesada organizada por el comandante Renier-Hubert Ghislai Chalon, un militar retirado, aficionado a tomarle el pelo a todo el mundo, y cuya imaginación habÌa alumbrado todos los tÌtulos, y el contenido de los libros, del ficticio catálogo.