viernes, 18 de enero de 2013

Epitafio para un ejército de mercenarios



Estos, el día en que se derrumbaba el cielo,
en la hora en que se hundían los cimientos de la Tierra,
siguieron su vocación mercenaria:
recibieron su paga y están muertos.

Sostuvieron el cielo suspendido de sus hombros;
porque ellos resistieron, resisten los cimientos de la Tierra.
lo que abandonó Dios, ellos lo defendieron,
y lo salvaron todo por dinero.

A.H. Housman



Publicado en The Times el 31 de octubre de 1917, en memoria del The Shetland Convoy, integrado por unidades mercenarias de Bélgica, Francia e Inglaterra, que sucumbieron heroicamente en la primera y decisiva batalla de Ypres, al comienzo de la Gran Guerra, en octubre y noviembre de 1914.


Epitaph on an Army of Mercenaries

These, in the day when heaven was falling,
The hour when earth’s foundations fled,
Followed their mercenary calling,
And took their wages, and are dead.


Their shoulders held the sky suspended;
They stood, and earth’s foundations stay;
What God abandoned, these defended,
And saved the sum of things for pay.



El pudor de la historia





“… Otra jornada histórica he descubierto en el curso de mis lecturas. Ocurrió en Islandia, en el siglo XIII de nuestra era; digamos, en 1225. Para enseñanza de futuras generaciones, el historiador y polígrafo Snorri Sturluson, en su finca de Borgarfjord, escribía la última empresa del famoso rey Harald Sigurdarson, llamado el Implacable (Hardrada), que antes había militado en Bizancio, en Italia y en África. Tostig, hermano del rey sajón de Inglaterra, Harold Hijo de Godwin, codiciaba el poder y había conseguido el apoyo de Harald Sigurdarson. Con un ejército noruego desembarcaron en la costa oriental y rindieron el castillo de Jorvik (York). Al sur de Jorvik los enfrentó el ejército sajón. Declarados los hechos anteriores, el texto de Snorri prosigue:

“Veinte jinetes se allegaron a las filas del invasor; los hombres, y también los caballos, estaban revestidos de hierro. Uno de los jinetes gritó:
    ¿Está aquí el conde Tostig?
    No niego estar aquí —dijo el conde.
    Si verdaderamente eres Tostig —dijo el jinete— vengo a decirte que tu hermano te ofrece su perdón y una tercera parte del reino.
    Si acepto —dijo Tostig— ¿qué dará al rey Harald Sigurdarson?
    No se ha olvidado de él —contestó el jinete—. Le dará seis pies de tierra inglesa y, ya que es tan alto, uno más.
    Entonces —dijo Tostig— dile a tu rey que pelearemos hasta morir.
Los jinetes se fueron. Harald Sigurdarson preguntó, pensativo:
    ¿Quién era ese caballero que habló tan bien?
— Harold Hijo de Godwin.”

Otros capítulos refieren que antes que declinara el sol de ese día el ejército noruego fue derrotado. Harald Sigurdarson pereció en la batalla y también el conde (Heimskringla, X, 92).

Hay un sabor que nuestro tiempo (hastiado, acaso, por las torpes imitaciones de los profesionales del patriotismo) no suele percibir sin algún recelo: el elemental sabor de lo heroico. Me aseguran que el Poema del Cid encierra ese sabor; yo lo he sentido, inconfundible, en versos de la Eneida (“Hijo, aprende de mí, valor y verdadera firmeza; de otros, el éxito”), en la balada anglosajona de Maldon (“Mi pueblo pagará el tributo con lanzas y con viejas espadas”), en la Canción de Rolando, en Víctor Hugo, en Whitman y en Faulkner (“la alhucema, más fuerte que el olor de los caballos y del coraje”), en el Epitafio para un ejército de mercenarios de Housman, y en los “seis pies de tierra inglesa” de la Heimskringla.

Detrás de la aparente simplicidad del historiador hay un delicado juego psicológico. Harold finge no reconocer a su hermano, para que éste, a su vez, advierta que no debe reconocerlo; Tostig no lo traiciona, pero no traicionará tampoco a su aliado; Harold, listo a perdonar a su hermano, pero no a tolerar la intromisión del rey de Noruega, obra de una manera muy comprensible. Nada diré de la destreza verbal de su contestación: dar una tercera parte del reino, dar seis pies de tierra.

Una sola cosa hay más admirable que la admirable respuesta del rey sajón: la circunstancia de que sea un islandés, un hombre de la sangre de los vencidos, quien la haya perpetuado. Es como si un cartaginés nos hubiera legado la memoria de la hazaña de Régulo. Con razón escribió Saxo Gramático en su Gesta Danorum: “A los hombres de Thule (Islandia) les deleita aprender y registrar la historia de todos los pueblos y no tienen por menos glorioso publicar las excelencias ajenas que las propias”.

No el día en que el sajón dijo sus palabras, sino aquel en que un enemigo las perpetuó marca una fecha histórica. Una fecha profética de algo que aún está en el futuro: el olvido de sangres y de naciones, la solidaridad del género humano. La oferta debe su virtud al concepto de patria; Snorri, por el hecho de referirla, lo supera y trasciende.
Otro tributo a un enemigo recuerdo en los capítulos últimos de los Seven Pillars of Wisdom de Lawrence; éste alaba el valor de un destacamento alemán y escribe estas palabras: “Entonces, por primera vez en esa campaña, me enorgullecí de los hombres que habían matado a mis hermanos”. Y agrega después: “They were glorious “.

                                                                                          J.L.Borges

martes, 15 de enero de 2013

El Necronomicón y otros libros apócrifos




De haber existido, el Necronomicón sería el best-seller de los libros jamás escritos. Encuadernado en piel humana y escrito con sangre, el Necronomicón era un supuesto códice ocultista para invocar a los primordiales, entidades demoníacaón del ser humano. El ficticio autor de tan macabra obra era Abdul Alzareh, un árabe del siglo XII, que enloqueció tras pasar cuatro años vagando por unas cuevas subterráneas, donde se supone que habÌa descubierto la existencia de ìlos primordiales. La primera persona que mencionó el Necronomicón fue el escritor Howard Philip Lovecraft en su relato "La llamada de Cthulhu", publicado en 1922. Las referencias a este libro blasfemo y maldito (con la facultad de enloquecer a todo desdichado que osara leerlo) fueron constantes en la obra del escritor de Providence. Constantes y minuciosas, ya que Lovecraft llegó incluso a escribir la cronología del Necronomicón, en la que detalló cómo, a través de los siglos, fue pasando por las manos de diversos personajes (monjes, traductores, coleccionistas...) hasta acabar desapareciendo misteriosamente. Como era de esperar, los rastreadores de rarezas se pusieron tras la pista del libro. 

Una pista que no conducía a ninguna parte, ya que, como el propio Lovecraft confesó en 1943 en una carta a su editor, el libro blasfemo no existía; era una invención suya, para darle credibilidad a sus relatos terroríficos. Pero la confesión del propio Lovecraft no sirvió para poner fin a la leyenda, ya que muchos aficionados a la literatura de terror siguieron creyendo en la existencia del libro. 

Jorge Luis Borges confesó cómo con dieciséis años, fascinado por la obra de Lovecraft, recorrió las bibliotecas de Buenos Aires buscando el libro maldito. Lógicamente, no lo encontró; pero, ya que no pudo volver a su casa con un libro de recetas mágicas, lo hizo con otro de recetas de cocina, para que la salida no hubiera sido en vano. 

La anécdota de Borges ejemplifica la fascinación que el "Necronomicón" ha ejercido y ejerce sobre miles de lectores. Fascinación que compartió René Chalbaud, catedrático de Literatura de La Sorbona de París, a quien en 1971 casi le dio un síncope cuando en la biblioteca de la Universidad encontró una amarillenta ficha que indicaba que existía un ejemplar del libro entre los fondos sin clasificar. La noticia corrió como la pólvora, y a la Universidad acudieron decenas de investigadores atraídos por el hallazgo, como moscas a la miel. Debió ser divertido ver la expresión de sus rostros cuando descubrieron que todo había sido una broma de un alumno con ganas de burlarse de sus mayores.



La biblioteca de Sherlock Holmes

Una de las bibliotecas imaginarias más famosas está en Londres, en el 221 B de Baker Street, donde residía Sherlock Holmes, el detective de ficción creado por Arthur Conan Doyle. Holmes (según los relatos de Doyle) empleaba su tiempo libre en tocar el violín, en dormitar bajo los efectos de la morfina, y en escribir tratados en los que compilaba su sabiduría. Entre las obras supuestamente escritas por el detective figuran títulos como El arte de las pesquisas, Sobre las diferencias entre las cenizas de diversos tabacos, La utilidad de los perros en el trabajo del detective y Acerca de la escritura críptica. Ninguno de estos libros existe, pero, de haber sido reales, hoy serían clásicos de la criminología.



El catálogo de John Donne

En 1650, el poeta británico John Donne publicó un catálogo, que tituló "Catalogus librorum aulicorum incomparabilium et non vendibilium", y formado por treinta y cuatro volúmenes imaginarios atribuidos a autores célebres (como Pitágoras) y con tÌtulos tan apetecibles como "Propuesta para la eliminación de la partícula no de los Diez Mandamientos", supuestamente escrito por el padre del protestantismo, Martín Lutero. Cómo se aprecia, la imaginación no escaseaba en aquellos tiempos.

El catálogo del conde Fortsas

En 1840 comenzó a circular por las librerías de Bélgica y Francia un catálogo formado por cincuenta y dos incunables literarios, que incluía obras atribuidas a Cicerón. Aquel tesoro (el sueño de todo coleccionista) provenía de la biblioteca del conde J. N. A Fortsas, e iba a subastarse el 10 de agosto en el despacho del notario de Binche, una pequeña y apacible localidad belga. Llegó el dÌa, y un buen número de libreros y coleccionistas de toda índole se dieron cita en Binche. Pero cuál no sería su sorpresa al descubrir que en el pueblo no vivía notario alguno, y que nadie había oído hablar de una subasta. Todo había sido una broma pesada organizada por el comandante Renier-Hubert Ghislai Chalon, un militar retirado, aficionado a tomarle el pelo a todo el mundo, y cuya imaginación habÌa alumbrado todos los tÌtulos, y el contenido de los libros, del ficticio catálogo.



Primera catilinaria



Con el nombre de Catilinarias o Discursos contra Catilina conocemos las cuatro alocuciones pronunciadas por Cicerón entre el 8 de noviembre y el 5 de diciembre del año 63, cuando en su condición de cónsul descubrió y desbarató un intento revolucionario encabezado por Lucio Sergio Catilina que tenía como objetivo final la subversión total de las estructuras del Estado romano e incluso la destrucción de Roma y el asesinato de los ciudadanos más representativos
del partido aristocrático.

El 8 de noviembre Cicerón convoca el Senado y pronuncia ante él la
primera Catilinaria, que como puede deducirse no tiene como finalidad descubrir la conspiración sino forzar la salida de Catilina de Roma; de hecho, es un golpe de efecto porque Cicerón seguía careciendo de pruebas concluyentes.

Con abrupto e incisivo inicio, Cicerón pretende conmover y predisponer a su auditorio a acoger duramente las revelaciones que se propone hacer inmediatamente. La finalidad de esta primera Catilinaria no sólo consiste en la denuncia pública de la trama de la conspiración, sino también pretende poner de manifiesto que él, el cónsul Cicerón, dispone de medios no declarados
que le permiten estar perfectamente enterado de las intrigas de los conjurados. Todo ello con el objetivo final de que Catilina, confundido e inseguro, abandonara Roma y se uniera al ejército de Manlio, ya alzado en armas, declarando abiertamente de esa forma sus intenciones.

Cicerón consiguió el objetivo que se había propuesto y Catilina abandonó Roma ese mismo día.

Aqui transcribo algunos pasajes que, después de veinte siglos, siguen emocionando:


¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia? (Quousque tandem, Catilina, abutere patientia nostra?)¿Cuánto más esa locura tuya seguirá burlándose de nosotros? ¿A qué fin se arrojará tu irrefrenable osadía?¿Acaso nada te ha inquietado el destacamento nocturno del Palatino, nada la guardia de la ciudad, nada el temor del pueblo, nada la concurrencia de todos los hombres de bien, nada esta fortificadísima plaza que es el Senado, nada los labios y los rostros de todos los presentes? ¿No comprendes que tus planes se derrumban, no ves que ya tu conjura ha sido sofocada por el hecho mismo de que todos la conocen? ¿Quién de entre nosotros piensas que no sabe lo que has puesto en práctica la noche pasada y la anterior, dónde has estado, a quiénes has reunido y qué suerte de planes has ideado?

¡Oh tiempos, oh costumbres! (O tempora, o mores!) El Senado conoce estas cosas, el cónsul las ve: éste, sin embargo, vive. ¿Vive? Si incluso viene al Senado, se hace partícipe de las deliberaciones públicas, fija su vista en cada uno de nosotros y decreta nuestro aniquilamiento. En cambio nosotros, decididos varones, juzgamos haber hecho suficiente por la República con lograr huir de sus dardos y su furia. Tiempo ha ya, Catilina, que se te debiera haber conducido a la muerte por orden del cónsul, que esa misma ruina que tú llevas maquinando contra nosotros desde hace mucho se hubiera vuelto en contra tuya.

(…)
 En Italia, en las gargantas de Etruria se ha levantado un campamento en contra del pueblo romano; de día en día ha aumentado el número de adversarios. Pero estáis viendo entre nuestros muros, estáis viendo en el Senado al comandante de ese campamento y caudillo de los enemigos, que maquina cada día la perdición de la República hasta sus entrañas. Si yo te hubiera hecho prisionero, Catilina, si ordenara matarte, juzgo sería cosa más temible para mí el que todos los hombres de bien digan que he actuado con excesiva demora que el que afirmen que he sido cruel en exceso. Existe, sin embargo, un motivo de peso que me impide hacer aún lo que debió haberse llevado a término hace ya tiempo. Cuando ya no pueda encontrarse a nadie tan corrompido, tan falto de moderación, tan idéntico a ti que no admita que tal acto se ha efectuado bajo derecho, será entonces cuando mueras.

Y realmente, Catilina, ¿qué es lo que todavía continúas aguardando, si ni la noche en sus tinieblas es capaz de oscurecer tus abominables intrigas, ni tu casa particular contener con sus paredes los gritos de tu conjura, si todo ha salido a la luz, si todo ha reventado definitivamente? Reemplaza tus propósitos, créeme, olvida las sangrías y los incendios. Te encuentras de todo punto asediado, más claros que la misma luz se nos manifiestan tus planes: justo es que, como yo, los reconozcas como tuyos.

(…)
Así las cosas, Catilina, prosigue lo que has iniciado. Retírate, por fin, de la ciudad. Las puertas están abiertas: márchate. Hace demasiado tiempo que te echan de menos como caudillo en el campamento de Manlio. Y haz salir contigo a todos los tuyos, o cuando menos a la mayor parte. Deja limpia la ciudad. De una gran preocupación me liberarás con tal que entre tú y yo medie un muro. No vivirás más tiempo entre nosotros: no lo aceptaré, no lo consentiré, no lo permitiré.

 Debe alabarse el favor de los dioses inmortales y el del mismísimo Júpiter Estator, antiquísimo centinela de la ciudad, por habernos protegido ya tantas veces de calamidad tan repulsiva, tan hostil y tan digna de espanto. Por culpa de un solo hombre no puede consentirse que la sagrada seguridad de la República se ponga en juego. En tanto me tendiste asechanzas siendo yo un cónsul electo, Catilina, no requerí a la guardia pública para mi defensa, sino que me la procuré por mis propios medios. Y cuando en los pasados comicios electorales quisiste darme muerte a mí, al cónsul, en el Campo de Marte, así como a tus restantes adversarios, reprimí tus execrables propósitos con la protección y la fuerza de mis amigos, sin suscitar tumulto alguno. En definitiva, en cada una de las ocasiones en que te arrojaste en mi contra, me opuse a ti con mis recursos propios, por más que supiera que mi ruina iba pareja a la destrucción total del Estado.

 Ahora ya arrojas tus dardos abiertamente contra la República entera; llamas al desastre y a la devastación a los templos de los dioses inmortales, a los hogares particulares de Roma, a la vida de la ciudadanía y, en suma, a Italia toda. Por consiguiente, dado que aún no me atrevo a llevar a cabo lo que concierne tanto a mi mandato como a la moral de nuestros padres, no puedo sino moderar la severidad y ejecutar lo que más útil resulte al bien común. Y es que si ordenara darte muerte, permanecería en la República la sombra de los conjurados, pero si tú partes de aquí, como acabo de exigirte, habremos conseguido expulsar de Roma a esa escoria perniciosa para la República junto a todos sus secuaces.

 ¿Qué ocurre, Catilina? ¿Vacilas en hacer, ahora que yo lo ordeno, lo que ibas a hacer hasta este momento por ti solo? El cónsul ordena que el enemigo salga de Roma. Me preguntas si al exilio. No te lo mando, pero, ya que lo sacas a colación, te lo aconsejo.
(…)

Umberto Eco



“…Decir que no hay idea en Borges que no existiera ya antes equivale 
a decir que no hay nota en Beethoven que no haya sido producida  antes. 
Lo fundamental en Borges es su capacidad de usar los más variados 
detritos de la enciclopedia para hacer música de ideas.
Sin duda he intentado imitar esta lección. ¿Qué puedo decir? 
Que, ante las melodías de Borges, tan inmediatamente cantables 
(incluso cuando son atonales), fáciles de recordar, ejemplares, 
me siento como si él hubiera tocado divinamente el piano 
y yo hubiera soplado en una ocarina…” 


                 Borges y mi angustia de la influencia – Sobre literatura