jueves, 13 de diciembre de 2012

Vivirás en una casa... - Gaby Gorriti



Vivirás en una casa
situada en las alturas,
volaré hasta ahí.
Te visitaré.
Miraré cómo ordenas
cada cosa en su lugar.
Seguramente después
dormirás una siesta.
Regarás tus plantas
y te sentarás
a observar el jardín.
Harás un rulito con mi pelo.
Me contarás
historias.
Sobre la mesa quedarán
nuestras manos grabadas
juntas.
Bajo
llego a casa
abrazo el sueño
y sueño el abrazo

Fragmento de “El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké” de J.L.Borges



…Kira Kotsuké no Suké, razón ignominiosa de esas lealtades, no aparecía. 

Lo buscaron por todos los rincones de ese conmovido palacio, y ya desesperaban de encontrarlo cuando el consejero notó que las sábanas de su lecho estaban aún tibias. 
 Volvieron a buscar y descubrieron una estrecha ventana, disimulada por un espejo de bronce. 

Abajo, desde un patiecito sombrío, los miraba un hombre de blanco. Una espada temblorosa estaba en su diestra. Cuando bajaron, el hombre se entregó sin pelear. Le rayaba la frente una cicatriz: viejo dibujo del acero de Takumi no Kami. 

Entonces, los sangrientos capitanes se arrojaron a los pies del aborrecido y le dijeron que eran los oficiales del señor de la Torre, de cuya perdición y cuyo fin él era culpable, y le rogaron que se suicidara, como un samurai debe hacerlo. 

En vano propusieron ese decoro a su ánimo servil. Era varón inaccesible al honor; a la madrugada tuvieron que degollarlo…




Era varón inaccesible al honor: que buena frase...





martes, 13 de noviembre de 2012

La mala reputación – Georges Brassens



 En mi pueblo sin pretensión
Tengo mala reputación,
Haga lo que haga es igual
Todo lo consideran mal
Yo no hago sin embargo daño a nadie 
Queriendo vivir fuera del rebaño;
No, a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
No, a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe. 
Todo el mundo me maldice, 
salvo los mudos, es natural
Cuando la fiesta nacional
Yo me quedo en la cama igual,
Que la música militar
Nunca me supo levantar.
En el mundo pues no hay mayor pecado
Que el de no seguir al abanderado.
Y a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
Y a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe. 
Todos me muestran con el dedo
Salvo los mancos, quiero y no puedo.
Si en la calle corre un ladrón
Y a la zaga va un ricachón
Zancadilla doy al señor
Y aplastado el perseguidor
Eso sí que sí que será una lata
Siempre tengo yo que meter la pata.
Y a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
Y a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe 
Todos tras de mí a correr
Salvo los cojos, es de creer.
No hace falta saber latín
Yo ya se cual será mi fin,
En el pueblo se empieza a oír,
Muerte, muerte al villano vil,
Yo no hago sin embargo daño a nadie 
al seguir los caminos que no llevan a Roma
No a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
No a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe 


Todos vendrán a verme ahorcar,
Salvo los ciegos, es natural

sábado, 10 de noviembre de 2012

Esta tarde - Alfonsina



 Ahora quiero amar algo lejano... 
Algún hombre divino 
Que sea como un ave por lo dulce, 
Que haya habido mujeres infinitas 
Y sepa de otras tierras,y florezca 
la palabra en sus labios, perfumada: 
Suerte de selva virgen bajo el viento... 

Y quiero amarlo ahora.
Está la tarde blanda y tranquila como espeso musgo, 
Tiembla mi boca y mis dedos finos, 
Se deshacen mis trenzas poco a poco. 

Siento un vago rumor...
Toda la tierra 
Está cantando dulcemente...
Lejos los bosques se han cargado de corolas, 
Desbordan los arroyos de sus cauces 
Y las aguas se filtran en la tierra 
Así como mis ojos en los ojos 
Que estoy sonañdo embelesada... 

Pero ...
Ya está bajando el sol de los montes, 
Las aves se acurrucan en sus nidos, 
La tarde ha de morir y él está lejos... 
Lejos como este sol que para nunca 
Se marcha y me abandona, con las manos
 Hundidas en las trenzas, con la boca 
Húmeda y temblorosa, con el alma
Sutilizada, ardida en la esperanza 
De este amor infinito que me vuelve 
Dulce y hermosa...

sábado, 3 de noviembre de 2012

Ponme un trago mas - Sabina



Se llevó mi sed,
mis besos, mi pan,
mi violencia, mi pasión.
Ahora donde iré
con un alacrán
el lugar de corazón

La perdí por K.O.
con el campeón,
desapareció del ring,
"No me busques, chau",
escrito dejó
en el espejo con carmín.

Y los perros del mercado
ladraron al escuchar.
La balada del abandonado
con un saxofón desafinado,
la canción que cantan
de bar en bar
los que beben para olvidar.

"Ponme un trago más"
"Lo siento, señor,
pero cerramos a las tres.
Eran Cutty Sark?
dos mil, por favor,
le invatamos al café". 


"Ya le he dicho que
su chica no está,
vino pero se marchó
¿qué se yo con quien?
pagaron y en paz,
no me llamo Sherlock Holmes".

Y los gatos del mercado
maullaron al escuchar.
La balada del abandonado
con un guitarrón desafinado,
la canción que cantan
de bar en bar
los que beben para olvidar.

El radiocassette
de un taxi escupió
un viejo blues de B. B. King
sobre un tipo que
por celos mató,
baby, en Menphis, Tennesse.

Y las ratas del mercado
saltaron al escuchar.
La balada del abandonado
con un corazón desafinado,
la canción que cantan
de bar en bar
los que beben para olvidar.

viernes, 12 de octubre de 2012

La cabellera - Charles Baudelaire.



¡Oh, vellón, rizándose hasta la nuca!
¡Oh, bucles, ¡Oh, perfume saturado de desvelo!
¡Éxtasis! ¡Para poblar esta tarde la alcoba oscura
Con los recuerdos adormecidos en esta cabellera
Yo la quiero agitar en el aire como un pañuelo!

¡La lánguida Asia y la ardiente África,
Todo un mundo lejano, ausente, casi difunto,
Vive en tus profundidades, selva aromática!
Así como otros espíritus bogan sobre la música,
El mío, ¡oh, mi amor! flota sobre tu perfume.

Yo acudiré allá donde el árbol y el hombre, llenos de savia,
Desfallecen largamente bajo el ardor de los climas;
Fuertes trenzas, ¡Sed la ola que me arrebata!
Tú contienes, mar de ébano, un deslumbrante sueño
De velas, de remeros, de llamas y de mástiles:

Un puerto ruidoso en el que mi alma puede beber
A raudales el perfume, el sonido y el color;
En el que los navíos, deslizándose en el oro y en la seda,
Abren sus amplios brazos para abarcar la gloria
De un cielo puro en el que palpita el eterno calor.

Sumergiré mi cabeza anhelante de embriaguez,
En este negro océano donde el otro está encerrado;
Y mi espíritu sutil que el rolido acaricia
Sabrá encontrarte ¡oh fecunda pereza!
¡Infinitos arrullos del ocio embalsamado!

Cabellos azules, pabellón de tinieblas tendidas,
Me volvéis el azur del cielo inmenso y redondo;
Sobre los bordes aterciopelados de tus crenchas retorcidas
Me embriago ardientemente con los olores confundidos
Del aceite de coco, del almizcle y la brea.

¡Hace tiempo! ¡Siempre! ¡Mi mano en tus crines pesadas
Sembrará el rubí, la perla y el zafiro,
A fin de que a mi deseo jamás seas sorda!
¿No eres tú el oasis donde sueño, y la calabaza
De la que yo sorbo a largos tragos el vino del recuerdo?

Mansilla y Mitre



Hace unos días escuché esta anécdota que no se si será cierta, pero me hizo reír:

Bartolomé Mitre fue el traductor argentino de la Divina Comedia.

Dicen que un día fue a verlo el escritor y militar Lucio V. Mansilla, (autor del libro Una Excursión a los Indios Ranqueles), hombre de convicciones federales. 

Luego de haberlo hecho esperar un rato largo, aparece Mitre (declarado anti-rosista) y le dice:

-          ¡Mansilla, felicíteme! ¡Después de tanto tiempo por fin terminé la traducción de La Divina Comedia!

Y Mansilla, que no había leído ni una línea de lo que había hecho Mitre,  le contestó:

-          ¡Bien General! ¡A esos gringos hay que hacerlos mierda! 


jueves, 13 de septiembre de 2012

Retirado en la paz de estos desiertos...


Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos,
y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años vengadora,
libra, ¡oh gran don Joseph!, docta la imprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta,
que en la lección y estudios nos mejora.

                                                    Federico de Quevedo


sábado, 4 de agosto de 2012

Una casa con diez pinos


Una casa con diez pinos,
hacia el sur hay un lugar
ahora mismo voy allá, 
porque ya no aguanto mas
no aguanto mas, 
no aguanto mas, 
vivir en la ciudad.

Solo humo y soledad
nada mas que respirar.

Nunca mas en la ciudad.
No hay preguntas que hacer
una simple reflexión
solo se puede elegir
oxidarse o resistir.

Para lograr y conseguir
prestigio en la ciudad
dinero y nada mas.
Sin tiempo de observar
un jardín, bajo el sol,
antes de morir.

Un jardín y mis amigos
no se pueden comparar
con el ruido infernal
de esta guerra de ambición
para ganar o empatar.

Prefiero sonreír,
mirar adentro de mi,
fumar o dibujar,
para que complicar.

                                                      Javier Martinez (1970)  - Manal

La pantalla del mundo nuevo


La historia post apocalíptica que cuenta esta canción 
me hace acordar a historietas de Robin Wood como Or-Grund o Mark.  

La ciudad del mundo nuevo duerme su sueño de paz
Ve la vida en un video y se le va la vida al creer

Megáfonos recomiendan: use máscaras de gas.
Hay oxígeno vencido en esta farsa de la paz

Humanoides disidentes viven la alerta total
y heroicos sobrevivientes darán el golpe final

(...)

La pantalla me lo cuenta con mi desayuno,
y es probable que no quede ninguno

El desierto los protege y les presta libertad
Les da locura el viento en su furioso andar

La ciudad ultramoderna se despierta una vez más
No sabe que está sitiada y ya no sobrevivirá

La pantalla me lo cuenta con mi desayuno,
y es probable que no quede ninguno

La rodean nuevos seres de dureza incomprensible
y negocian en una mesa sus aventuras horribles

Hay brillo en ojos malignos aguardando la señal
e inventaron nuevos signos para las huestes del mal

(...)

Te deseo mucha suerte, ser humano del pasado
El cambio será fatal y tu mundo nuevo, borrado

Mundo nuevo,
mundo nuevo.


                                                                                                  Riff
                                                                                                  Letra: Pappo

viernes, 20 de julio de 2012

La Tentación



El general Quiroga va a su entierro;
Lo invita el mercenario Santos Pérez
Y sobre Santos Pérez está Rosas,
la recóndita araña de Palermo.
Rosas, a fuer de buen cobarde, sabe
que no hay entre los hombres uno solo
más vulnerable y frágil que el valiente.
Juan Facundo Quiroga es temerario
hasta la insensatez. El hecho puede
merecer el examen de su odio.
Ha resuelto matarlo. Piensa y duda.
Al fin da con el arma que buscaba.
Será la sed y el hambre del peligro.
Quiroga parte al Norte. El mismo Rosas
le advierte, casi al pie de la galera,
que circula rumores de que López
premedita su muerte. Le aconseja
no acometer la osada travesía
sin una escolta. Él mismo se la ofrece.
Facundo ha sonreído. No precisa
laderos. Él se basta. La crujiente
galera deja atrás las poblaciones.
Leguas de larga lluvia la entorpecen.
Neblina y lodo y las crecidas aguas.
Al fin avistan Córdoba. Los miran
como si fueran sus fantasmas. Todos
los daban ya por muertos. Antenoche
Córdoba entera ha visto a Santos Pérez
distribuir las espadas. La partida
es de treinta jinetes de la sierra.
Nunca se ha urdido un crimen de manera
más descarada, escribirá Sarmiento.
Juan Facundo Quiroga no se inmuta.
Sigue al Norte. En Santiago del Estero
se da a los naipes y a su hermoso riesgo.
Entre el ocaso y la alborada pierde
o gana centenares de onzas de oro.
Arrecian las alarmas. Bruscamente
resuelven regresar y da la orden.
Por esos descampados y esos montes
retoman los caminos del peligro.
En un sitio llamado el Ojo de Agua
El maestro de posta le revela
que por ahí ha pasado la partida
que tiene por misión asesinarlo
y que lo espera en un lugar que nombra.
Nadie debe escapar. Tal es la orden.
Así lo ha declarado Santos Pérez,
el capitán. Facundo no se arredra.
No ha nacido aún el hombre que se atreva
a matar a Quiroga, le responde.
Los otros palidecen y se callan.
Sobreviene la noche, en la que sólo
duerme el fatal, el fuerte, que confía
en sus oscuros dioses. Amanece.
No volverán a ver otra mañana.
¿A qué concluir la historia que ya ha sido
contada para siempre? La galera
toma el camino de Barranca Yaco. 

                                                                   J.L.Borges


viernes, 13 de julio de 2012

El matadero - Esteban Echeverría



Muy bien escrito, con graciosa ironía. Si uno solamente se tuviera que basar  en el ambiente que describe éste cuento, sin duda mis simpatías estarían del lado de los Unitarios. Tengan en cuenta que en éste fragmento no se encuentran los pasajes más brutales ni sangrientos.

“…Lo que hace principalmente a mi historia es que por causa de la inundación estuvo quince días el matadero de la Convalecencia sin ver una sola cabeza vacuna, y que en uno o dos, todos los bueyes de quinteros y aguateros se consumieron en el abasto de la ciudad. Los pobres niños y enfermos se alimentaban con huevos y gallinas, y los gringos y herejotes bramaban por el beefsteak y el asado. La abstinencia de carne era general en el pueblo, que nunca se hizo más digno de la bendición de la Iglesia, y así fue que llovieron sobre él millones y millones de indulgencias plenarias. Las gallinas se pusieron a seis pesos y los huevos a cuatro reales y el pescado carísimo. No hubo en aquellos días cuaresmales promiscuaciones ni excesos de gula; pero en cambio se fueron derecho al cielo innumerables ánimas, y acontecieron cosas que parecen soñadas…

….En efecto, el decimosexto día de la carestía, víspera del día de Dolores, entró a nado por el paso de Burgos al matadero del Alto una tropa de cincuenta novillos gordos; cosa poca por cierto para una población acostumbrada a consumir diariamente de 250 a 300, y cuya tercera parte al menos gozaría del fuero eclesiástico de alimentarse con carne. ¡Cosa extraña que haya estómagos privilegiados y estómagos sujetos a leyes inviolables y que la Iglesia tenga la llave de los estómagos!

Pero no es extraño, supuesto que el diablo con la carne suele meterse en el cuerpo y que la Iglesia tiene el poder de conjurarlo: el caso es reducir al hombre a una máquina cuyo móvil principal no sea su voluntad sino la de la Iglesia y el gobierno. Quizá llegue el día en que sea prohibido respirar aire libre, pasearse y hasta conversar con un amigo, sin permiso de autoridad competente. Así era, poco más o menos, en los felices tiempos de nuestros beatos abuelos que por desgracia vino a turbar la revolución de Mayo.

Sea como fuere; a la noticia de la providencia gubernativa, los corrales del Alto se llenaron, a pesar del barro, de carniceros, achuradores y curiosos, quienes recibieron con grandes vociferaciones y palmoteos los cincuenta novillos destinados al matadero.

—Chica, pero gorda —exclamaban—. ¡Viva la Federación! ¡Viva el Restaurador!

Porque han de saber los lectores que en aquel tiempo la Federación estaba en todas partes, hasta entre las inmundicias del matadero, y no había fiesta sin Restaurador como no hay sermón sin San Agustín. Cuentan que al oír tan desaforados gritos las últimas ratas que agonizaban de hambre en sus cuevas, se reanimaron y echaron a correr desatentadas conociendo que volvían a aquellos lugares la acostumbrada alegría y la algazara precursora de abundancia.

El primer novillo que se mató fue todo entero de regalo al Restaurador, hombre muy amigo del asado. Una comisión de carniceros marchó a ofrecérselo a nombre de los federales del matadero, manifestándole in voce su agradecimiento por la acertada providencia del gobierno, su adhesión ilimitada al Restaurador y su odio entrañable a los salvajes unitarios, enemigos de Dios y de los hombres. El Restaurador contestó a la arenga, rinforzando sobre el mismo tema y concluyó la ceremonia con los correspondientes vivas y vociferaciones de los espectadores y actores. Es de creer que el Restaurador tuviese permiso especial de su Ilustrísima para no abstenerse de carne,
porque siendo tan buen observador de las leyes, tan buen católico y tan acérrimo protector de la religión, no hubiera dado mal ejemplo aceptando semejante regalo en día santo…”

Charles Baudelaire - Poemas en prosa

 
XVII

UN HEMISFERIO EN UNA CABELLERA

Déjame respirar mucho tiempo, mucho  tiempo, el olor de tus cabellos; sumergir
en ellos el rostro, como hombre sediento en agua de manantial, y agitarlos
con mi mano, como pañuelo odorífero, para sacudir recuerdos al aire.

¡Si pudieras saber todo lo que veo! ¡Todo lo que siento! ¡Todo lo que oigo en tus
cabellos!

Mi alma viaja en el perfume como el alma de los demás hombres en la música.
Tus cabellos contienen todo un ensueño, lleno de velámenes y de mástiles; contienen
vastos mares, cuyos monzones me llevan a climas de encanto, en que el espacio es más
azul y más profundo, en que la atmósfera está perfumada por los frutos, por las hojas y
por la piel humana.

En el océano de tu cabellera entreveo un puerto en que pululan cantares melancólicos,
hombres vigorosos de toda nación y navíos de toda forma, que recortan sus
arquitecturas finas y complicadas en un cielo inmenso en que se repantiga el
eterno calor.

En las caricias de tu cabellera vuelvo a encontrar las languideces de las largas horas
pasadas en un diván, en la cámara de un hermoso navío, mecidas por el balanceo
imperceptible del puerto, entre macetas y jarros refrescantes.

En el ardiente hogar de tu cabellera respiro el olor del tabaco mezclado con opio y
azúcar; en la noche de tu cabellera veo resplandecer lo infinito del azul tropical; en las
orillas vellosas de tu cabellera me emborracho con los olores combinados del algodón,
del almizcle y del aceite de coco.

XXXIII

EMBRIAGAOS

Hay que estar siempre borracho. Todo consiste en eso: es la única cuestión. Para no
sentir la carga horrible del Tiempo, que os rompe los hombros y os inclina hacia el suelo,
tenéis que embriagaros sin tregua.
 
Pero ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, de lo que queráis. Pero embriagaos.

Y si alguna vez, en las gradas de un palacio, sobre la hierba verde de un foso, en la
tristona soledad de vuestro cuarto, os despertáis, disminuida ya o disipada la embriaguez, preguntad al viento, a la ola, a la estrella, al ave, al reloj, a todo lo que huye,
a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla,
preguntadle la hora que es; y el viento, la ola, la estrella, el ave, el reloj; os contestarán:

“Es hora de emborracharse! Para no ser esclavos y mártires del Tiempo, embriagaos,
embriagaos sin cesar. De vino, de poesía o de virtud; a su gusto.”




EPÍLOGO

A la montaña he subido, satisfecho el corazón.
En su amplitud, desde allí, puede verse la ciudad:
un purgatorio, un infierno, burdel, hospital, prisión.

Florece como una flor allí toda enormidad.
Tú ya sabes, ¡oh Satán!, patrón de mí alma afligida,
que yo no subí a verter lágrimas de vanidad.

Como el viejo libertino busca a la vieja querida,
busqué a la enorme ramera que me embriaga como un vino,
que con su encanto infernal rejuvenece mi vida.

Ya entre las sábanas duermas de tu lecho matutino,
de pesadez de catarro de sombra, o ya te engalanes
con los velos de la tarde recamados de oro fino,

te amo, capital infame. Vosotras, ¡oh cortesanas!,
y vosotros, ¡oh bandidos!, brindáis a veces placeres
que nunca comprende e1 necio vulgo de gentes profanas

lunes, 25 de junio de 2012

La causa de los peces


Es un impulso común en los padres intentar aislar a nuestros hijos de la maldad del mundo, pero luego nos damos cuenta que en algún momento de sus vidas deberán enfrentarse solos a su crueldad, que nosotros no vamos a estar ahí, y que lo mejor para ellos es que vayan conociendo la miseria y la maldad del mundo de los grandes. Este cuento lo retrata a la perfección. 


Yo tendría cinco o seis años. Era la época en que pasábamos los fines de semana en una casita cercana a la laguna de Lobos: mis padres, mi hermana y yo. Los sábados, papá me llevaba a caminar rumbo a la laguna. Me recuerdo a caballo de sus hombros, recorriendo caminos de tierra en atardeceres luminosos, en busca de nuevos senderos hacia la playita pedregosa, en la que nos tirábamos boca arriba, a mirar el cielo. A veces, permanecíamos allí hasta la noche. Jugábamos a cazar estrellas. Papá me había enseñado a identificar las Tres Marías, la Cruz del Sur, el Lucero.Otras, simplemente nos sentabamos en el muelle a esperar la caída del sol, sumidos en la placidez transmitida por las aguas mansas, en una intimidad sólo alterada, de tanto en tanto, por el chapoteo de las líneas lanzadas por los pescadores.

Ambos compartíamos un secreto: la causa de los peces. Es decir, éramos hinchas de quienes estaban del otro lado de la tanza, de los más débiles. Cuántas veces presenciábamos la lucha sólo visible por la danza primitiva de un hombre contorsionándose alrededor de una caña arqueada, con el deseo de que el anzuelo se hubiera clavado en una lata, o en un junco. Y la congoja frente a los brincos de agonía de pejerreyes, bagres y tarariras que habían mordido la carnada.

Después, papá volvería canturreando una melodía pegajosa, un tango quizás, con la voz aflautada, el tono agudo, agitando el dedo índice como una batuta, aunque a mí me pareciera una varita mágica. Y yo caminaba a su lado, a veces, buscando piedritas uniformes para jugar a La Payana. Piedras chiquitas, para que mi mano diestra, de una vez por todas, pudiera agarrar más de dos. También podía pasar que volviéramos barriendo nuestras pisadas con una rama, para despistar al enemigo imaginario, o yo inclinándome sobre ella, como un boy scout en la búsqueda de un tesoro.

Una noche, apurábamos el retorno; debíamos detenernos a comprar tomates de la huerta de doña Inés. Ya con la bolsa llena, dejamos atrás las chacras, las quintas, hasta que el paisaje iba perdiendo su fisonomía rural, para transformarse en un caserío raleado. Como de costumbre, papá iba hablándome. Nunca recuerdo de qué pero, tal cual sucede con la música, no importa tanto la letra, sino la melodía, el ritmo. Me es imposible rememorar algún diálogo, pero sí recuerdo que papá me explicaba cosas; contento, sonriente. Yo lo escuchaba fascinado.

Un aullido lacerante nos paralizó. Provenía del jardín por cuyo frente caminábamos. Miramos hacia dentro con la poca luz que permitía un farol a gas, bamboleándose sobre un madero. Entonces, vi a un hombre apaleando brutalmente a un perro. El pobre animal estaba atado, tirado en el suelo, y el hombre lo azotaba con una caña, una y otra vez, mientras se confundían dos quejas: los insultos y los ladridos lastimosos. Así lloran los perros, creí pensar. Casi instintivamente quise arrojarme sobre el cerco; solamente recuerdo mi desesperación por la suerte del animal que se retorcía en el suelo, mientras aquel bruto parecía cebado en una violencia sin fin. Creo que empecé a gritarle algo. Fue entonces cuando papá me tomó los hombros, con un ademán que me confundió: me clavó en el piso mirando hacia la escena. En ese momento sentí que me obligaba a ver lo que estaba sucediendo. Alcancé a girar la cabeza para implorarle, con los ojos, primero, y con palabras, después.

La percepción se diluye en el sentimiento. Los contornos se evaporan aunque todavía tengo presente que, cuando el hombre se percató de nuestra presencia, nos desafió con un gesto mientras continuaba vapuleando el cuerpo del animal. Entonces papá simplemente me dijo: "Vamos hijo. El señor es el dueño del perro".

Volví con la cabeza gacha, sin pronunciar palabra. Tampoco papá tuvo ganas de hablar. Los dos sentíamos que nuestro mundo perfecto se había partido. La causa de los peces estaba perdida.

Pasaron semanas sin que volviéramos a la laguna. Poco a poco, las cosas retornaron a la normalidad. Sin embargo, años más tarde, me pregunté si aquella vez mi padre había actuado con cobardía o con crueldad.

El ruido de otra piedra que cayó a mi lado me devolvió al presente. Corrí hacia mi hija, que ajena jugaba en un improvisado sube y baja, hecho con un tronco y un tacho. La bajé a la fuerza y la apreté contra mi pecho, con la intención de protegerla. Allí estaría a salvo. Entonces, comprendí. Y la espina clavada durante años se deshizo en llanto.

                                                                                                     Alberto Tarsitano

domingo, 17 de junio de 2012

Demolición de un mejicano



La Historia (que, a semejanza de cierto director cinematográfico, procede por imágenes discontinuas) propone ahora la de una arriesgada taberna, que está en el todopoderoso desierto igual que en alta mar. El tiempo, una destemplada noche del año 1873; el precisó lugar, el Llano Estacado (New Mexico). La tierra es casi sobrenaturalmente lisa, pero el cielo de nubes a desnivel, con desgarrones de tormenta y de luna, está lleno de pozos que se agrietan y de montañas. En la tierra hay el cráneo de una vaca, ladridos y ojos de coyote en la sombra, finos caballos y la luz alargada de la taberna. Adentro, acodados en el único mostrador, hombres cansados y fornidos beben un alcohol pendenciero y hacen ostentación de grandes monedas de plata, con una serpiente y un águila. Un borracho canta impasiblemente. Hay quienes hablan un idioma con muchas eses, que ha de ser español, puesto que quienes lo hablan son despreciados. Bill Harrigan, rojiza rata de conventillo, es de los bebedores. Ha concluido un par de aguardientes y piensa pedir otro más, acaso porque no le queda un centavo. Lo anonadan los hombres de aquel desierto. Los ve tremendos, tempestuosos, felices, odiosamente sabios en el manejo de hacienda cimarrona y de altos caballos. De golpe hay un silencio total, sólo ignorado por la desatinada voz del borracho. Ha entrado un mejicano más que fornido, con cara de india vieja. Abunda en un desaforado sombrero y en dos pistolas laterales. En duro inglés desea las buenas noches a todos los gringos hijos de perra que están bebiendo. Nadie recoge el desafío. Bill pregunta quién es, y le susurran temerosamente que el Dago -el Diego- es Belisario Villagrán, de Chihuahua. Una detonación retumba en seguida. Parapetado por aquel cordón de hombres altos, Bill ha disparado sobre el intruso. La copa cae del
puño de Villagrán; después, el hombre entero. El hombre no precisa otra bala. Sin dignarse mirar al muerto lujoso, Bill reanuda la plática. "¿De veras?", dice (Is that so?, he drawled.). "Pues yo soy Bill Harrigan, de New York." El borracho sigue cantando, insignificante.
Ya se adivina la apoteosis. Bill concede apretones de manos y acepta adulaciones, hurras y whiskies. Alguien observa que no hay marcas en su revólver y le propone grabar una para significar la muerte de Villagrán. Billy the Kid se queda con la navaja de ese alguien, pero dice "que no vale la pena anotar mejicanos". Ello, acaso, no basta. Bill, esa noche, tiende su frazada junto al cadáver y duerme hasta la aurora -ostentosamente.
De esa feliz detonación (a los catorce años de edad) nació Billy the Kid el Héroe y murió el furtivo Bill Harrigan. El muchachuelo de la cloaca y del cascotazo ascendió a hombre de frontera. Se hizo jinete; aprendió a estribar derecho sobre el caballo a la manera de Wyoming o Texas, no con el cuerpo echado hacia atrás, a la manera de Oregón y de California.
…El casi niño que al morir a los veintiún años debía a la justicia de los hombres veintiuna muertes -"sin contar mejicanos". 
                                                                          J.L.Borges - Historia universal de la infamia




viernes, 1 de junio de 2012

Antologías


"Nada mas poético que las transiciones y las mezclas heterogéneas" 
Esa declaración define el encanto peculiar de las antologías.
La mera yuxtaposición de dos piezas (con sus diversos climas, procederes, connotaciones) puede lograr una virtud que no logran esas piezas aisladas.
Por lo demás, copiar un párrafo de un libro, mostrarlo sólo, ya es deformarlo sutilmente. Esa deformación puede ser preciosa.

J.L.Borges    

martes, 29 de mayo de 2012

E. A. Poe - La máscara de la Muerte Roja


“…Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.
Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.
-¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!
Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.
Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.
Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caida. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.

E. A. Poe - El Cuervo



Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
 espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir granzando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira

que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!




La Grange - ZZ Top


Rumour spreadin' a-'round in that Texas town
'bout that shack outside La Grange

and you know what I'm talkin' about.
Just let me know if you wanna go
to that home out on the range.
They gotta lotta nice girls ah.

Have mercy.
A haw, haw, haw, haw, a haw.
A haw, haw, haw.

Well, I hear it's fine if you got the time
and the ten to get yourself in.
A hmm, hmm.
And I hear it's tight most ev'ry night,
but now I might be mistaken.

hmm, hmm, hmm.

Ah have mercy.

- Billy Gibbons, Dusty Hill & Frank Beard


 Un rumor se esparce por todo ese pueblo de Texas
sobre un tugurio en las afueras de La Grange

y tu sabes bien de lo que estoy hablando
Solo hazme saber si quieres ir ahí
A ese “hogar” afuera de los limites
Tienen un montón de chicas guapas .Ah

Ten piedad
A haw, haw, haw, haw, a haw.
A haw, haw, haw.

Bueno escuche que está muy bien, si es que tienes el tiempo
y los diez para poder entrar
A hmm, hmm.
Y escuché que se llena casi todas las noches
Pero en esta ocasión puedo estar equivocado
hmm, hmm, hmm.

Ah, Ten piedad






Ayer pasé por el cabaret...y lo miré con cariño...
                                                                                            Pappo 


jueves, 24 de mayo de 2012

Les Luthiers - Juegos de palabras


El célebre compositor Johann Sebastián Mastropiero, en busca de inspiración realizó un viaje al Oriente Medio, a las calurosas regiones de “Uf Al-Sudar”.
 Allí, una leve indisposición del jeque motivó que Mastropiero fuera recibido por Abdul, el anciano Imán de la mezquita principal. El Imán Abdul se presentó ante Mastropiero y le dijo: “Maestro, hoy yo seré su anfitrión porque a mi jefe el jeque lo aqueja la jaqueca”.
 El Imán Abdul poseía una personalidad magnética, como todos los imanes.
 Según le explicó a Mastropiero, los musulmanes más fanáticos eran llamados “Muy-sulmanes”; y por el contrario los que sólo cumplían en parte los preceptos de Mahoma eran “Ma-o-menos”.
 También le contó que los beduinos provenían algunos de ciertos oasis poblados y otros de ciertos desiertos desiertos.
 Mastropiero se despidió de Abdul y se dirigió al encuentro de una tribu de beduinos con los que convivió durante varias semanas. Los miembros de la tribu eran nómades por partida doble; eran nómades porque deambulaban sin residencia fija y porque eran no más de... cincuenta o sesenta beduinos.
 En dicha tribu se disputaban el mando dos jeques hermanos: Mohamed, el grande y Nomemohes, chico.
 El jeque Nomemohes estaba por contraer enlace y le encargó a Mastropiero la obra que escucharemos a continuación: la serenata que cantó el novio la víspera de la boda.

                                                                                                    Serenata medio oriental

 
El juglar Ludovico trata de escalar el muro de su amada Leonora y cantarle su aria de amor.
Ludovico trepa, teme, tiembla, lo cual se descubre, ingeniosamente insinuado, por los contrastantes motivos rítmicos, por la exuberante orquestación y porque Ludovico dice: trepo, temo, tiemblo.
De pronto, el juglar es sorprendido por el padre de la niña, quien corta la escala.
Los acontecimientos se precipitan.
Sin embargo, Ludovico insiste en llegar hasta su amada.
Él quiere cantarle su aria de amor y solamente eso.
Aunque cada vez piensa menos en cantar y más en solamente eso.

                                                                                         Voglio entrare per la finestra 

 
Cierta vez le encargaron a Mastropiero una partitura para la solemne y prestigiosa entrega de premios de epistemología de la Universidad de la Sorbona, en París.
 Mastropiero aceptó pero un equívoco hizo que su obra tuviera más repercusión que la esperada.
Cuando le fue encargada una obra “para la Sorbona”, Mastropiero entendió “para las hormonas”…
Y en vez de una obertura académica compuso una cumbia…
Una cumbia en la que incluyó algunos nombres de filósofos y epistemólogos, que le habían suministrado con el encargo.
Luego de la sorpresa inicial del calificado auditorio, Mastropiero fue reputado de inculto. Y de ese modo, fue reputado por todos…
Este error de Mastropiero le cerró las puertas de los círculos filosóficos, pero le abrió un enorme prestigio en las más renombradas bailantas. Sobre todo porque esa cumbia, “Dilema de amor”, se convirtió en el gran éxito del popular grupo “Los Brillantes”.
                     
                                                                                                                     Dilema de amor


La zamba "Añoralgias" ha sido recopilada por un gran investigador de nuestro folklore. Un hombre nacido en el norte:
El noruego Sven Kundsen.
¡El payo Kundsen!
A pesar de su origen escandinavo, Kundsen amaba a nuestra tierra.
Solía decir: "Yo soy más criollo que el bacalau".
“… A su iniciativa debemos el simposio interdisciplinario que reunió a folkloristas y ginecólogos. El tema era "La relación entre el examen de mama …y el alazán de Tata".

                                                                                                                        Añoralgias
 
"El Vals del Segundo" añade a su riqueza temática y formal, que se manifiesta ya desde el primer compás, un indudable valor musicológico.
 En el trabajo de investigación previa los compositores consultaron viejas partituras de la Belle Epoque y descubrieron con sorpresa que la tonalidad era la misma en todas: blanco amarillenta.
  Para su ejecución se emplea habitualmente una orquesta limitada, pudiendo modificarse sensiblemente con una orquesta buena.
 "El Vals del Segundo" comienza con un portato assai.
El segundo tiempo es un deciso e a terra col battere, en el cual se plantea el desarrollo ulterior de la obra plácidamente, en forma muy tensa, con total serenidad, agitadamente, en una paz plena, turbulenta, creando un clima calmo, caótico, definiendo indubitablemente la intención de los autores, de alguna manera.
 Sigue el intermezzo, compuesto sobre un esquema en el cual las figuras predominantes son negras, como en el Jazz.
 El intermezzo desemboca en el tiempo siguiente, que por otra parte era la única posibilidad. Se trata del levare languente, que establece una atmósfera de bacanal. Las cuerdas cantan, ebrias de gozo, mientras los oboes se superponen a las flautas…
 El desenlace es abrupto: un pizzicatto tanto de ritmo alocado, paradójicamente a cargo de las cuerdas…
 La agrupación bien antigua de Les... la agrupación Viena Antigua de Les Luthiers ejecuta "El Vals del Segundo"

                                                                                                                El Vals del Segundo


 
La siguiente obra del presente recital ilustra un período poco conocido de la juventud
de Johann Sebastian Mastropiero.
 Todo empezó cuando un conocido crítico se resfrió...
se refirió, se refirió a Mastropiero. Con esto termino...
Con estos términos... con estos términos... claro, le falta el…
términos... no le han puesto el... arriba de la "t", no tiene el..
la diéresis, no le han puesto la diéresis. Es un error de lipotimia...
 Mastropiero se ha creado fama de artista espiritual, pero come todo...
pero come de todo... pero con métodos…
con métodos pocos... claro... claros... con métodos poco claros.
  Podríamos llegar a admirarlo siempre, ¿y cuándo tomaremos?...
siempre y cuando tomáramos en cuenta su tenaza...
su tenaza ambición, son dos palabras: "tenaza", “ambición".
 En los más "prestrigriosos" foros internaciona...
en los más prestigriosos foros, prestigriosos foros inter.,
en los prestri, en los más prestrigri, prestigri, prestrigri…
En los más famosos foros internacionales... en que estuve excitado…
en que estuve he citado, muchas veces, ¿eh?...
muchas veces he citado el fracaso de su operación.
El fracaso de su ópera "Sión y el judío era antes".
"Sión y el judío errante", que se basaba en una vieja leyendo ebria...
una vieja leyenda hebrea... me di cuenta enseguida…no podía ser...
Siempre dije: ¡qué dicha!...
Que dicha ópera no describe con acierto los sexos, dos…
los dos sexos... los éxodos de dicho pueblo.
 Y por eso Mastropiero soportó, ¿ha batido un huevo?
soportó abatido un nuevo fracaso.
 Por esos días Mastropiero enfrentó grandes problemas, chocó con la bici...
con las vicisitudes más adversas,
¿qué le tocaron?... que le tocaron en suerte...
vivía acostado por las dudas... vivía acosado por las deudas…
 Por esos tiempos conoció a los condes de Freistadt,
y cuando ya no podía más sacudió a la condesa…
acudió a la condesa, que era la persona... ¿y doña?..
que era la persona idónea...
La condesa se apiadó de él y le acostó un viejo...
Le costeó un viaje a Nueva York.
Allí Mastropiero compuso la pieza que escucharemos a continuación:
su célebre "Lazy Daisy".
 Aquí termina la anécdota, pero él te mató...
da vía, da... ¡pará!... más...
¡Pero el tema todavía da para más!
 Esto es, ¿todo? ¿todo?... esto es: todo, todo esto, esto es, todo es,
todo esto, esto todo esto, ¿qué es esto? ¿qué es esto?
este esto es toso, toso, ese soto es eso, ese seso es soto,
todo soso, ¿ese té es de  totó? ¿o se destetó todo teté?
totó, totó, ese.... ¡ah!... ¡esto es todo!

                                                            Daniel Ravinovich presentando "Lazy Daisy"