jueves, 23 de febrero de 2012

Crónicas del ángel gris - Alejandro Dolina


HISTORIAS DE AMOR

HISTORIA DEL QUE ESPERO SIETE AÑOS

Jorge Allen, el poeta, amaba a una joven pechugona de los barrios hostiles. Según supo después, alcanzo a ser feliz.
Una noche de junio, la chica resolvió abandonarlo.
- No te quiero mas - le dijo.
Allen cometió entonces los peores pecados de su vida; suplico, se humillo, escribió versos horrorosos y lloro en los rincones. La pechugona se mantuvo firme y rubrico la maniobra entreverándose con un deportista reluciente.
El poeta recobro la dignidad y empleo su tiempo en amar sin esperanzas y en recordar el pasado. Su alma se retempló en el sufrimiento y se hizo cada vez mas sabio y bondadoso.
Muchas veces soñó con el regreso de la muchacha, aunque tuvo el buen tino de no esperar que tal sueño se cumpliera.
Más tarde supo que jamás habría en su vida algo mejor que aquel amor imposible. Sin embargo, una noche de verano, siete años y siete meses después de su pronunciamiento, la pechugona apareció de nuevo.
Las lágrimas le corrían por el escote cuando le confeso al poeta:
- Otra vez te quiero.
Allen nunca pudo contar con claridad lo que sintió en aquellas horas. El caso es que volvió a su casa vacío y desengañando. Quiso llorar y no pudo. Nunca mas volvió a ver a la pechugona.
Y lo que es peor, nunca mas, nunca mas volvió a pensar en ella ni a soñar su regreso.

HISTORIA DEL QUE SE ENAMORO DE UNA NIÑA DEMASIADO JOVEN

Manuel Mandeb supo tener amores con una niña muy joven de la calle Paez.
La muchacha no hizo cuestión por la diferencia de edades y además es cierto que Mandeb era un hombre de aspecto soberbio, dentro de su sombrío estilo. Pero pronto empezaron las dificultades. Un día Mandeb insistió en caminar bajo un aguacero mientras recitaba a los gritos un soneto flamante.
Una noche le hizo el amor en la casa embrujada de la calle Campana para espantar a los demonios. A veces, en la madrugada, se trepaba hasta la ventana de la niña, en el tercer piso, y dejaba prendida una flor roja. Una tarde de invierno le hizo probar el licor del olvido y el vino del recuerdo.
En verano, le sacaba la blusa en las calles oscuras y le ponía alguna de sus gastadas camisas azules. Para su cumpleaños le regalo una sombra robada en Villa del Parque que había encerrado en una cajita de cristal. Después enseñó a todos los pájaros de Flores a cantar el nombre de la muchacha en su ventana. Entonces la niña abandono a Mandeb y comento luego a sus amistades en una pizzeria:
 -No éramos de la misma generación.


HISTORIA DEL QUE PADECIA LOS DOS MALES.

En la calle Caracas vivía un hombre que amaba a una rubia. Pero ella lo despreciaba enteramente. Unas cuadras mas abajo dos morochas se morían por el hombre y se le ofrecían ante su puerta. El las rechazaba honestamente.
El amor depara dos máximas adversidades de opuesto signo: amar a quien no nos ama y ser amados por quien no podemos amar.
El hombre de la calle Caracas padeció ambas desgracias al mismo tiempo y murió una mañana ante el llanto de las morochas y la indiferencia de la rubia.

PACTOS DIABÓLICOS EN FLORES

RUBEN GARMENDIA, EL PICAFLOR

No aprecia mal negocio el de Garmendia. Le garantizaron el amor de todas las mujeres. El tormento eterno era sin duda, un precio razonable. Todos lo recuerdan en Flores paseando con las mujeres mas hermosas de la ciudad.
Según cuentan, las muchachas lo seguían por la calle. En las confiterías, se acercaban a su mesa para ofrecérsele redondamente. Muchas veces debía arrojarse de los colectivos, huyendo del ardor de las pasajeras. Sus amigos lo abandonaron, temerosos de que sedujera a sus novias.
Sor Juana Inés de la Cruz dictamino que el amor es como la sal: dañan su falta y su sobra.
Garmendia soporto como nadie la segunda desdicha.
Sus amantes no se resignaban a la ausencia y se le aparecían en su casa llorando y arrojando piedras a las ventanas. En sus últimas épocas se lo veía perseguido por muchedumbres de damas sin consuelo que le tiraban del saco.
Para completar su desventura, se enamoro de una vecina y ya no necesito la pasión de otras mujeres. Supo además, que la chica lo amaba desde tiempos lejanos, anteriores al pacto.
Comprendió entonces que Satán era tramposo.
Se sabe que trato de disolver el vínculo, pero es poco probable que lo haya logrado.
Un marido celoso lo asesino un 25 de mayo.

RUBEN DI LEO:

Centro delantero del club Empalme San Vicente. No era literato, pero escribió un extenso volumen titulado Mis mejores Jugadas, en el que relata con estilo insufrible mas de mil quinientas acciones futbolísticas en las que aparece como protagonista.
Una de ellas tiene cierto interés para nosotros: JUGADA 304 Perrone pateo el corner desde la izquierda. Perdíamos uno a cero y faltaban dos minutos. El tiro le salió demasiado alto. Yo estaba en el área, pero ni pensé en saltar. De pronto sentí que unas manos ardientes me tomaban de la cintura y me elevaban por el aire. Así alcance una altura fenomenal, casi un metro por encima de los defensores. Misteriosamente mi cabeza choco con la pelota. Las manos me soltaron y caí despatarrado. Me aprecio escuchar el rumor de unas alas, pero fue mucho mas fuerte el grito de gol de la tribuna.
Desde ese día, cuando hay un corner trato de patearlo yo.


NIÑOS, LIBROS Y LECTURAS

EL NIÑO QUE FUE A MENOS

La señorita Claudia le pregunta a Ferro:
- ¿Quién fundó la ciudad de Asunción?
Ferro lo ignora y lo confiesa. La maestra intenta por otros rumbos.
- Tissot.
- No sé, señorita.
 - Rossi.
Silencio. El ambiente se pone pesado porque quizá la señorita Claudia enseñó aquello el día anterior.
- Maldonado.
Nada. Claudia frunce el ceño y ensaya unos reproches generales. Frezza, el tano Frezza, lo sabe de algun modo misterioso. Es extraño el camino que siguen las nociones: suelen alojarse donde menos se lo piensa.
- Nuñez. López. Dall'Asta.
Tampoco. Frezza espera, sobrador, sin levantar la mano. Cosa de manyaorejas, piensa.
La señorita Claudia se dirige a las niñas y pronuncia el nombre amado. Frezza está muy lejos para soplar y la morocha que lo enloquece no puede contestar. De pronto, la maestra lo mira.
- Frezza.
Y el niño taura, que tal vez necesita anotarse un poroto, se levanta, mira hacia el banco de la morocha y dice casi triunfal:
- No lo sé. 
Si es que nadie lo sabe estará bien no saberlo. Frezza se sienta y se oye entonces, como en una horrible blasfemia, la voz de Campos, injuriosa: 
- ¡Juan de Salazar!
Pasaron los años. La morocha no conoció el amor de Frezza ni tampoco su gesto elegante y generoso. Si alguien califica estas lecciones en alguna Libreta Celeste, Frezza tendrá un nueve. Y si ni siquiera existe esa Libreta, entonces tendrá un diez.


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